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vendredi 20 février 2015

Los 5 errores fundamentales del marxismo que demuestran que los marxistas son ignorantes en economía

29 Enero, 2015,  Autor:  Mises Hispano


DEDICATORIA Y CONSIDERACIONES PREVIAS

Este escrito va especialmente dedicado a los  marxistas (y social-demócratas).
Como ex-socialista y ávido lector de las doctrinas de Marx, Engels sus derivados y variantes durante muchos años he llegado a una conclusión elemental: la mejor forma para dejar de ser marxista es entendiendo como funciona la economía. Sé que habrán allegados que me reprocharán por mi pasado de marxista ‘‘revolucionario’’ o dirán que mi cambio de ideales está motivado por sentimientos de culpa. Están equivocados, lejos de estar influenciado por comentarios o el qué dirán, la evolución de mis ideas ha sido motivada por el conocer y la investigación, cosa que en un principio no fue fácil, romper con el cerco ideológico para superar todo el lavado de cerebro populista requiere bastante tiempo de escepticismo y perseverancia  contra la resistencia al cambio, pero es una experiencia que al final da sus frutos, ésta ha sido para mí una evolución de pensamiento racional, no emocional. Mi presente y futuro seguirán siendo revolucionarios aunque no precisamente en el sentido marxista del término, independientemente de las opiniones que otros tengan sobre mí.
Viniendo de ese mundo uno entiende perfectamente cómo funciona la psicología del Marxista. En mi caso particular, me he permitido abstraer una serie de razonamientos falaces que sirven de base en su discurso, a continuación desarrollaré de la forma más sumaria posible, las razones que los desnudan como dogmáticos  insensatos:
1.- CREER QUE EL SOCIALISMO ES ‘‘HUMANO’’.
Todo marxista se ve envuelto en la dicotomía ‘‘Capitalismo malo, socialismo bueno’’, decir que el socialismo es humanista es muestra de un profundo desconocimiento por la historia, su propia doctrina y la política en general, empezando por una ingenuidad radical sobre el funcionamiento del Estado, aunque no los culpo exclusivamente porque toda la doctrina del marxismo descansa sobre un craso error teórico que va en el mismo sentido.
El socialismo viene siendo una ‘‘etapa de transición’’ entre la sociedad capitalista y el comunismo tal como lo explicaba Marx, pero se han preguntado ¿Por qué la transición se estanca en la etapa del socialismo? Porque Marx si bien critica al Estado luego lo justifica, nada más y nada menos, a través de su conquista por parte del proletariado como herramienta para acabar con la ‘‘clase burguesa’’ y posteriormente consumar la utopía de una sociedad comunista, la cual una vez alcanzada ‘‘el Estado ya no sería necesario’’. Esto es un error colosal de métodología porque lo que sucede siempre es lo contrario, lógicamente: la llamada ‘‘clase proletaria’’ se convierte en la nueva ‘‘clase burguesa’’ porque la naturaleza del Estado no es la de ser una entidad benéfica, es un monopolio con fines de lucro cuya función es el saqueo de la población a través de  impuestos con maquillaje ‘‘legal’’ cargado de  populismo, es por ello que el resultado es y será siempre una sociedad sumamente rígida y controlada, servil y dócil, donde existe una casta gobernante privilegiada con una población obligada a vivir de las migajas, prácticamente impedida a generar riqueza por sí, para sí y superarse.
Pero claro, ¿de dónde obtiene el Estado sus ingresos para funcionar? Pues de la cada vez más escasa libertad de mercado que se permite, es decir, los burócratas son los parásitos que viven a expensas de la clase productiva: trabajadores y comerciantes, algo muy lejos de ser humanista. La historia ha dejado testimonio reiterativo del desastre que provoca esta casta de ‘‘proletarios burgueses’’  y de lo que son capaces cuando conquistan el poder del Estado, entre sus ‘‘obras sociales’’ están los genocidios más demoledores, las torturas más descabelladas y las persecuciones más exhaustivas hacia toda disidencia registradas en el siglo pasado  (y lo que nos depara del siglo XXI) ¿Qué tiene de humano éste sistema basado en la expoliación cada vez más insidiosa de los ciudadanos?
2.- CREER QUE EL CAPITALISMO ES ‘‘PERVERSO’’.
En este orden de ideas, decir que el capitalismo es perverso es fruto del mismo desconocimiento. El capitalismo es simplemente libre intercambio de bienes y servicios sin intervención del Estado, el capitalismo persigue la búsqueda de beneficios económicos a través del mecanismo de mercado llamado contratos. La justificación del libre mercado y capitalismo como modelo de organización económica y social se encuentra en el libertarismo: la ideología que ofrece el esquema axiomático de respeto a la propiedad privada, entendiendo la primera propiedad privada la propiedad del individuo sobre su propio cuerpo y por consiguiente la propiedad sobre los frutos de su propio esfuerzo, en pocas palabras, que te quedes con todo el dinero ganado con tu trabajo en tu bolsillo.
Una de las mentiras de Marx y su teoría es la de que el comerciante o empresario ‘‘roba’’ al trabajador la mayor parte del producto de su trabajo, lo que se conoce como la ‘‘plusvalía’’ y a partir de este postulado esboza lo que él llama una supuesta explotación, pero la realidad es que no existe la tan mentada explotación cuando los acuerdos son voluntarios. Las condiciones de pobreza y de alto costo de la vida que obligan a los trabajadores a acomodarse a un salario insuficiente para cubrir sus necesidades muchas veces básicas, son generados por los mismos demagogos socialistas que se rasgan las vestiduras diciendo que los protegen de los ‘‘malvados capitalistas’’ mientras  roban más del 50% de sus salarios con impuestos (directos e inflación).
Lo que los marxistas modernos llaman ‘‘neoliberalismo’’ es en realidad un fantasma ideológico, lo más apropiado sería llamarlo ‘‘neomercantilismo’’ ya que se trata del resurgimiento del vetusto mercantilismo de los siglos XVI al XVIII, es decir de políticas intervencionistas del Estado sobre la economía con la creación de  monopolios privilegiados, una política de subsidios selectivos y control de la emisión u oferta de la moneda (inflación) mecanismo perverso curiosamente adoptado tanto por marxistas como social-demócratas, así que de liberalismo o capitalista laissez faire absolutamente nada.
Para profundizar en el tópico del neomercantilismo, estamos de acuerdo que resulta perverso que existan empresas capitalistas que, para evitar una quiebra y ser rescatadas o maximizar ganancias recurran al monopolio del Estado, pero es necesario que se entienda que ésto no es  Capitalismo, cuando existen colusiones entre empresas privadas y Estado se habla de Fascismo o lo que comúnmente se conoce como ‘‘socialismo para ricos’’:
1.- Ganancias privadas y pérdidas socializadas (financiadas por el contribuyente)
2.- Complicidades políticas (lobbies) para destruir la competencia del mercado por medio de la violencia legal con el objeto de posicionarse como monopolios coactivos.
Claro que estas distorsiones generan profundas crisis sociales pero la solución no pasa por hacer la influencia del Estado más grande (ni mantenerla), todo lo contrario, reconocer la influencia perversa del Estado y reducirla: reducir progresivamente las cargas fiscales, eliminar controles y trabas a la libre empresarialidad; el capitalismo significa asumir tus propias ganancias, pero también las  pérdidas sin subsidios ni prebendas estatales de ningún tipo.
3.- CREER QUE LA ESCASEZ, COLAS Y RACIONAMIENTO SON OBRA DE CONSPIRACIONES
Los controles de precios son una medida esencialmente Marxista, independientemente de la ideología de gobierno que la pronuncie. Los controles de precios son una de las medidas punta de lanza para ‘‘abolir el capitalismo y la clase burguesa’’ desde el Estado, la cual está basada en el error científico de una teoría caducada y refutada desde el siglo XIX: la doctrina del precio justo o la Teoría Objetiva del Valor, una cábala divina que sostiene que cada bien tiene un precio justo, objetivo e intrínseco (que en la práctica resulta dado por el dios Estado y sus infalibles burócratas), independientemente de las necesidades y deseos de los individuos o de la oferta y la demanda.
No Sr. Marxista, no se trata de conspiraciones imperialistas, ni de los malvados empresarios capitalistas, ni de una guerra económica ni de la iguana, se trata de una falencia teórica propia del Marxismo: cuando se establece coactivamente el precio de un determinado bien se está obligando a los empresarios a vender a un precio muy por debajo de los costes para su producción, con la consecuencia de que los empresarios dejan de producir o se marchan del país para producir en lugares con mayores libertades económicas, originándose de esta forma el fenómeno de la escasez. Al haber tan poco bien para satisfacer la demanda al precio artificialmente tan bajo establecido por el Estado se forman las colas y la desesperación frente a los comercios, subsiguiendo el racionamiento como una medida atenuante del caos. El acaparamiento es un efecto de los controles de precios, la intervención del Estado produce los incentivos para  retener y vender las mercancías en el mercado negro.
Esto no es un fenómeno nuevo, ya ha ocurrido y sigue ocurriendo en muchas partes, ocurrió en laUnión SoviéticaAlemania del Este, en Chile con Salvador Allende, ocurre en  CubaNorcorea,Venezuela. No es coincidencia, tampoco sorpresa, no es culpa de conspiraciones de otros gobiernos, es una consecuencia del  error fundamental de la teoría Marxista.
4.- CREER QUE LAS EXPROPIACIONES SON BUENAS Y NECESARIAS
Es muy sencillo de entender, cuando el monopolio de Estado expropia empresas bajo la consigna demagógica de empoderar al pueblo o la clase obrera, lo que hace es cambiar un jefe capitalista por otro pero con favoritismo político. Cuando se expropia una empresa en específico se eliminan todos los incentivos para reinvertir en la misma y competir en el mercado pues al estar protegida por el Estado no corre con ningún riesgo, ella  se transforma básicamente en un apéndice de la burocracia que se alimenta de subsidios, cayendo en productividad y eficiencia y empeorando considerablemente la escasez convirtiéndola en un problema estructural.
Los factores de producción se encuentran interconectados, cuando se habla de una empresa  no se habla de una burbuja aislada en el mercado, la misma depende de recursos provenientes de empresas proveedoras y a su vez es proveedora de bienes o servicios, cuando el Estado interviene un sector de la economía no afecta solo a una empresa, está afectando toda la cadena de producción como efecto dominó.
5.-  CREER QUE LA DESIGUALDAD ES EL PEOR DE LOS MALES
Otra de las consignas marxistas es la lucha para combatir la desigualdad y lograr una  ‘‘sociedad de iguales’’, cosa que es completamente imposible desde el Estado como explicaba al comienzo, el Estado plantea una estructura jerárquica coercitiva que termina por formar castas protegidas de ricos sobre un mar de pobres, diciendo que quieren combatir la desigualdad siempre la terminan agravando. Pero ¿es en realidad la pobreza el problema de los marxistas? No, en el discurso populista marxista la pobreza es una virtud, ellos te quieren y te necesitan pobre para afianzarse en el poder.
Una cosa es la desigualdad y otra muy distinta la pobreza, la desigualdad siempre será un hecho económico debido a que los recursos son limitados, hasta un hecho biológico, cada individuo es diferente el uno del otro, tanto físicamente como psicológicamente y hay cualidades que difieren de persona en persona, algunos tienen talentos más desarrollados que otros, la igualdad de hecho es intrínsecamente injusta, no pueden pretender que alguien con menos experiencia o menos estudios gane un salario igual que alguien con más experiencia y preparación, ese es el imperio de la mediocridad, la destrucción de la meritocracia, resentimiento puro y duro.
En  tanto que la moneda no sea devaluada y se respete la libertad de ahorro, mi situación personal y familiar mejorará y mi bienestar se verá incrementado, es lo que en realidad importa,  no voy a amargarme por la fortuna de empresarios como Bill Gates o Warren Buffet porque no soy envidioso.
Pocas cosas son más absurdas, injustas y populistas que el llamado Estado de Bienestar, otro concepto Marxista adoptado por social-demócratas, como elemento de lucha contra la clase burguesa para lograr el objetivo de la igualdad, cuentos de hadas y utopía marxista. No es legítimo que alguien tenga que renunciar a los ahorros que con esfuerzo se ha ganado para que disfruten una bola de burócratas y oportunistas a su servicio.
CONSIDERACIONES FINALES
Es necesario aclarar que las razones anteriormente expuestas  son desconocidas por la gran mayoría de los socialistas pero convenientemente ignoradas por los gobernantes, ellos saben muy bien lo que están haciendo, Sr. Marxista no creas que son tontos, Ud. es el tonto. Todo lo que he explicado forma parte de una agenda de poder, control y sometimiento uniforme de la población, no se trata de una destrucción fortuita de la economía, se trata de una destrucción planificada y sistemática para domesticar y acostumbrar a la población a vivir de racionamiento y carencias.
Apelo a vuestra conciencia, nunca es tarde para rectificar.
Les invito a difundir masivamente el presente escrito para educar y abrir el conocimiento a aquellos que aún se encuentran enclaustrados en el dogmatismo marxista.

mardi 31 décembre 2013

Por qué soy anarcocapitalista

Mises Hispano, 13 Diciembre, 2013

Muchísima gente (más que nunca, probablemente) se describe hoy como defensora del libre mercado, a pesar de la incansable propaganda contra él. Y eso es estupendo. Sin embargo estas declaraciones de apoyo están seguidas por el inevitable pero: pero necesitamos un gobierno que proporcione seguridad física y resuelva disputas, los servicios más críticos.

Casi sin pensar, gente que en otros casos apoya el mercado quiere asignar al gobierno la producción de los bienes y servicios más importantes. Muchos están a favor de un gobierno o un monopolio delegado por el gobierno en la producción de dinero y todos apoyan un monopolio público en la producción de derecho y servicios de protección.
No quiero decir que esta gente sea estúpida o tonta. Casi todos hemos pasado por un periodo de gobierno limitado (o “minarquista”) y simplemente nunca se nos ocurrió examinar de cerca nuestras premisas.
Para empezar, unos pocos principios económicos básicos tendrían que hacernos reflexionar antes de que supongamos que la actividad del gobierno es recomendable:

  • Los monopolios (de los que el propio gobierno es un ejemplo de primer nivel) llevan con el tiempo a precios más altos y peor servicio.
  • El sistema de precios del libre mercado está dirigiendo constantemente recursos a un patrón tal que los deseos de los consumidores se atienden de la forma menos costosa en términos de oportunidades perdidas.
  • El gobierno, por el contrario no puede “gestionarse como una empresa”, como explicaba Ludwig von Mises en Burocracia. Sin las pruebas de pérdidas y ganancias, una agencia pública no tiene idea de qué producir, en qué cantidad, en qué lugar, usando qué métodos. Todas sus decisiones son arbitrarias.
En otras palabras, cuando se refiere a la provisión pública de cualquier cosa, tenemos buenas razones para esperar mala calidad, precios altos y asignación arbitraria y despilfarro de recursos.
Hay muchas más razones por las que el mercado, la arena de interacciones voluntarias entre individuos, merece el beneficio de la duda por encima del estado y por qué no tendríamos que suponer que es indispensable sin investigar primero seriamente en qué medida el ingenio humano y las armonías económicas del mercado pueden arreglárselas sin él. Por ejemplo:
  • El estado adquiere sus ingresos atacando a individuos pacíficos.
  • El estado anima a la gente a creer que hay dos tipos de reglas morales: unas que aprendemos como niños, incluyendo la abstención de violencia y robo, y otra que se aplica solo al gobierno, que es el único que puede atacar a individuos pacíficos de todas las maneras posibles.
  • El sistema educativo, que los gobiernos invariablemente llegan a dominar, anima a la gente a considerar la depredación del estado como moralmente legítima y el mundo del intercambio voluntario como moralmente sospechoso.
  • El sector público está dominado por intereses concentrados que (no creo que “intereses” deba tomarse como significando personas) cabildean en busca de beneficios especiales a costa del público general, mientras que el éxito en el sector privado proviene solo de agradar al público general.
  • El deseo de agradar a los grupos de presión casi siempre supera al deseo de agradar a la gente a la que le gustaría ver reducido el gasto público (y resulta que la mayoría de esta gente solo quiere que se reduzca marginalmente en todo caso).
  • En Estados Unidos, el poder judicial ha estado dictando sentencias absurdas, con poca o ninguna relación con el “propósito original”, durante más de dos siglos.
  • Los gobiernos enseñan a sus súbditos a agitar banderas y cantar canciones en su honor, contribuyendo así a la idea de que resistir a sus expropiaciones y enormidades es traición.
Esta lista puede continuar eternamente.
Es verdad que es incomprensible que la gente no pueda entender cómo el derecho, que suponen que debe proporcionarse de arriba abajo, podría generarse en ausencia de estado, aunque hay muchas buenas obras históricas demostrando precisamente esto. Pero si el gobierno ha monopolizado históricamente la producción de cualquier bien o servicio, escucharíamos objeciones aterradas a la privatización de ese bien o servicio. Por ejemplo, si el gobierno hubiera monopolizado la fabricación de bombillas, se nos habría dicho que el sector privado es imposible que fabrique bombillas. El sector privado no produciría el tamaño o los vatios que quiere la gente, insistirían los críticos. El sector privado no fabricaría bombillas especiales con solo un mercado limitado, ya que habría poco beneficio en él. El sector privado fabricaría bombillas peligrosas o explosivas. Y así sucesivamente.
Como siempre hemos vivido con bombillas privadas, estas objeciones nos parecen risibles. Nadie querría ninguno de los escenarios sobre los que nos advierten estos hipotéticos críticos, así que el sector privado evidentemente no las fabricaría.
El hecho es que las fuentes de derecho en competencia han estado lejos de ser poco comunes en la historia de civilización occidental. Cuando el rey empezó a monopolizar la función legal, lo hizo no por algún deseo abstracto de establecer un orden, que ya existía, sino porque recaudaba tasas cuando se atendían los casos en los tribunales reales. Las ingenuas teorías del interés público del gobierno, que ninguna persona sensata cree en cualquier otro contexto, no se convierten de repente en convincentes en este caso.
A Murray N. Rothbard le gustaba citar a Franz Oppenheimer, que identificaba dos formas de adquirir riqueza. El medio económico a la riqueza implica enriquecerse por intercambio voluntario: creando algunos bienes y servicios por los que otra gente pague voluntariamente. Los medios políticos, decía Oppenheimer, implican “la apropiación no correspondida del trabajo de otros”.
¿Cómo vemos el estado los que estamos en el bando rothbardiano? No como el indispensable proveedor de ley y orden u otros llamados “bienes públicos”. (De todas formas toda la teoría de los bienes públicos está cuajada de mentiras). El estado es más bien una institución parasitaria que vive de la riqueza de sus súbditos, ocultando su naturaleza anti-social y depredadora bajo una apariencia de interés público. Es, como decía Oppenheimer, la organización de los medios políticos para la riqueza. “El estado”, escribía Rothbard,
es la organización en la sociedad que trata de mantener un monopolio del uso de la fuerza y la violencia en un área territorial concreta; en particular, es la única organización en la sociedad que obtiene sus ingresos, no por contribución o pago voluntario por servicios prestados, sino por coacción. Mientras otros individuos e instituciones obtienen su renta produciendo bienes y servicios y vendiendo pacífica y voluntariamente estos bienes y servicios a otros, el Estado obtiene sus ingresos por el uso de coacción; es decir, por el uso de la amenaza de cárcel y de bayonetas. Tras haber usado la fuerza y la violencia para obtener sus ingresos, el Estado continúa regulando y dictando las demás acciones de sus súbditos individuales. (…) El estado proporciona una vía legal, ordenada y sistemática de robo de la propiedad privada; hace cierta, segura y relativamente “pacífico” el sustento de la casta parasitaria en la sociedad. Como la producción debe siempre preceder al robo, el libre mercado es anterior al Estado. El Estado nunca fue creado por un “contrato social”: siempre ha nacido de la conquista y la explotación.
Pero si es verdadera esta descripción del estado, y creo que tenemos buenas razones para creer que lo es, ¿es posible o incluso deseable limitarlo? Antes de rechazar de inmediato la posibilidad, ¿tendríamos que considerar al menos si podríamos ser capaces de vivir completamente sin él? ¿Podría el libre mercado, la arena de la cooperación voluntaria, ser realmente el gran motor de la civilización que por otro lado sabemos que puede ser?
Volvamos a la Constitución y a los Padres Fundadores, dice la gente. Sería sin duda una mejora, pero la experiencia nos ha enseñado que el “gobierno limitado” es un equilibrio inestable. A los gobiernos no les interesa estar limitados, cuando pueden expandir su poder y riqueza aumentando su poder.
La próxima vez que os veáis insistiendo en que necesitamos mantener limitado al gobierno, preguntaos por qué nunca es así. ¿Tal vez estéis persiguiendo una quimera?
¿Qué pasa con “el pueblo”? ¿Puede confiarse en que mantenga un gobierno limitado? La respuesta a esa pregunta está a vuestro alrededor.
Al contrario que el minarquismo, el anarcocapitalismo no da expectativas no razonables al público. El minarquista tiene que pensar cómo convencer al público de que aunque el estado tenge el poder general de redistribuir riqueza y financiar bonitos proyectos que gustan a todos, en realidad no debería hacerlo. El minarquista tiene que explicar, uno por uno, los problemas con todas y cada una de las intervenciones públicas concebibles, mientras entretanto la clase intelectual, las universidades, los medios de comunicación y la clase política se combinan contra él para transmitir el mensaje opuesto.
En lugar de requerir las infructuosas tareas de enseñar a todos qué tienen de malo las subvenciones agrarias, qué tienen de malo los rescates de la Reserva Federal, qué tiene de malo el complejo militar-industrial, qué tienen de malo los controles de precios, en otras palabras, en lugar de tratar de enseñar a todos los estadounidenses el equivalente a tres cursos universitarios de economía, historia y filosofía política, la sociedad anarcocapitalista solo reclama a la gente que reconozca las ideas morales básicas comunes para casi todos: no dañar a gente inocente y no robar. Todo en lo que creemos deriva de estos sencillos principios.
Hay una enorme literatura que se ocupa de las objeciones más frecuentes y evidentes, por ejemplo ¿No descendería la sociedad a una lucha violenta al luchar por el territorio las bandas armadas? ¿Cómo se resolverían las disputas si mi vecino elige un árbitro y yo elijo otro? Un breve artículo no puede responder a todas las objeciones, así que os remito a esta bibliografía comentada del anarcocapitalismo reunida por Hans-Hermann Hoppe.
Hay un chiste que se ha estado contando durante los últimos años: ¿cuál es la diferencia entre un minarquista y un anarquista? Respuesta: seis meses. Si valoráis los principios, la coherencia y la justicia y os oponéis a la violencia, el parasitismo y el monopolio, puede que ni siquiera necesitéis tanto. Empezad a leer y ved a dónde os llevan estas ideas.

Publicado el 4 de diciembre de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.