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vendredi 10 avril 2015

La gran mentira del nacionalismo: los Países Catalanes, ese invento moderno

CÉSAR CERVERA / MADRID

Día 26/02/2015 - 12.59h

El término data del siglo XIX y hace referencia a los territorios de la Corona de Aragón, que, en realidad, fue un conjunto de reinos sometidos al Rey de Aragón entre los siglos XII y XV

«A pesar de la tendencia de los historiadores nacionalistas catalanes de retorcer la naturaleza "catalana-aragonesa" de la Corona de Aragón, nunca ha existido nada, en la historia medieval, y mucho menos en los tiempos modernos, que pudiera considerarse ni de lejos un embrión del Estado catalán, excepto en las imaginaciones más románticas y soñadoras», explica en uno de sus trabajos el historiadorEnric Ucelay-Da Cal.
Frente a la incapacidad para encontrar un germen de nación en la historia de este región española, la mitología romántica acuñó a finales del siglo XIX el término Países Catalanes (o Gran Cataluña). El primero en usarlo fue el valenciano Bienvenido Oliver, sin intenciones políticas, para englobar los territorios de habla catalana y sus variantes. Así, el mapa de los Países Catalanes se extiende por Cataluña –excepto el Valle de Arán–, las Islas BalearesAndorrala Comunidad Valenciana, la región histórica francesa del Rosellón, la zona de Aragón limítrofe con Cataluña denominada actualmente Franja de Aragón y una pequeña comarca murciana, entre otras regiones.
No en vano, lo que era una simple denominación de carácter lingüístico se convirtió en boca de los nacionalistas en una especie de tierra prometida. Un ente que sirve para justificar, con supuestas raíces en la Edad Media, las actuales reivindicaciones políticas. Sin ir más lejos, la Generalitat de Cataluña da la información meteorológica de la Comunidad Valenciana en la TV3 a través de lo que designa como «Países Catalanes». El servicio de Meteorología del Gobierno catalán, dependiente de la Conselleria de Territorio y Sostenibilidad, suele incluir a la Comunidad Valenciana junto a Cataluña y Baleares en sus mapas, con claras intenciones políticas.

La Corona de Aragón y el Reino de Aragón

Para alcanzar este mito de los Países Catalanes, los grupos independentistas tuvieron que retorcer y distorsionar la naturaleza «catalana-aragonesa» de la Corona de Aragón. La zona que hoy corresponde a la comunidad autonómica de Cataluña estuvo desde el siglo XII unida al Reino de Aragón y solo durante un breve periodo fue un ente propio, incluso entonces dependiente de otros reinos. Así, tras el colapso de la Hispania Visigoda –que se extendía por prácticamente toda la Península Ibérica– y la invasión musulmana en el 718 d.C, el Imperio carolingio estableció una marca defensiva como frontera meridional con Al-Ándalus. Esto supuso la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes del rey franco.

WIKIPEDIA
Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV
Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes, que estaban vertebrados por Barcelona, Gerona y Osona, fueron progresivamente desvinculándose de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «el Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes, sino del nacimiento de Cataluña y sus símbolos. Así ocurre con la bandera de las cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, que, en realidad, no fue usada por los Condados hasta la unión con Aragón. Por el contrario, el emblema tradicional de los condes de Barcelona fue la cruz de San Jorge (una cruz de gules sobre campo de plata).
En el siglo XII, el conde Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón conforme al derecho aragonés, es decir, en un tipo de matrimonio donde el marido se integraba a la casa principal como un miembro de pleno derecho. El acuerdo supuso la unión del condado de Barcelona y del Reino de Aragón en la forma de lo que luego fue conocido como Corona de Aragón. En un contexto de alianzas medievales, la asociación de ambos territorios no fue, pues, el fruto de una fusión ni de una conquista, sino el resultado de una unión dinástica pactada entre la Casa de Aragón y la poseedora del Condado de Barcelona. De hecho, originalmente los territorios que formaron la Corona mantuvieron por separado sus leyes, costumbres e instituciones. A lo largo del segundo cuarto del siglo XIII, se incorporaron a esta Corona las Islas Baleares y Valencia. Este último territorio, el Reino de Valencia, pasó a convertirse en un reino con sus propias Cortes y fueros.
Es por ello que los Países Catalanes –una delimitación solo basada en la similitud lingüística– nunca existió como sujeto político ni hay menciones a ella en las fuentes del periodo. A grandes rasgos, los independentistas suelen confundirla con la Corona de Aragón, pero ésta fue otra cosa: el conjunto de reinos que estuvieron sometidos al Rey de Aragón, entre los siglos XII y XV, donde se encontraban no solo el territorios de lengua catalana, sino también otras reinos como por ejemplo la propia Aragón, Valencia parcialmente, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria. Es decir, no fue la lengua el eje vertebrador de la Corona de Aragón sino la sumisión a la jurisdicción de un Rey y de una dinastía, la Casa de Aragón.

La nacionalidad no es solo una lengua

La muerte sin descendencia del Rey de la Corona de Aragón Martín I «el Humano» en 1410 abrió una grave crisis sucesoria. Los intereses comerciales terminaron favoreciendo al candidato de la dinastía castellana de los Trastámara, Fernando de Antequera –hermano del Rey de Castilla Enrique III–, quien, tras el llamado Compromiso de Caspe de 1412, fue nombrado Monarca de la Corona de Aragón. Posteriormente, el matrimonio de Fernando II de Trastámara con Isabel de Trastámara, Reina de Castilla, celebrado en Valladolid en 1469,condujo a la Corona de Aragón a una unión dinástica con Castilla, efectiva a la muerte del primero, en 1516, pero ambos reinos conservaron sus instituciones políticas y sus privilegios administrativos (lo que el independentismo catalán designa como «libertades»).
Con el surgimiento de las corrientes nacionalistas de finales de siglo XIX, las teorías lingüísticas hicieron las veces de elemento aglutinante –a falta de una base histórica– identificando a la nación con la lengua. Bajo esta falsa premisa, los nacionalistas consideran que todos los que hablan catalán o sus variantes son igualmente catalanes y conformaron la ficción histórica de los «Països Catalans». El error de base está en estimar que la lengua es el único elemento definidor de una nacionalidad (con desprecio de la religión, la idiosincrasia, la geografía, la historia, etc).

mercredi 11 mars 2015

Cataluña tiene que indemnizar a todos los españoles por la pérdida de Cuba

El autor publica el libro 'España contra Cataluña. La historia de un fraude'

- Un episodio que usted rescata en su libro: el de los voluntarios catalanes en la guerra de Cuba.
Cataluña fue la primera región española en organizar un batallón de voluntarios para sofocar la rebelión separatista de 1869. ¿Cuántos catalanes conocen hoy los cuadros que sobre ellos pintaron Ramón Padró i Pedret y Eduardo Llorens i Masdeu? Hoy nadie recuerda que Cataluña fue la región más colonialista, imperialista, belicista y antiseparatista de España. Políticos, prensa e industriales catalanes se distinguieron por su oposición a la concesión de la menor autonomía a Cuba y por su férrea voluntad de defender las provincias de ultramar hasta la última gota de sangre. La prensa catalana de la época, sin distinción de ideología, en sus textos y en sus imágenes, de extraordinaria calidad, por cierto, hizo gala de un patriotismo agresivo que hoy provocaría vergüenza ajena. Pero lo llamativo es que muchos grandes industriales catalanes, hasta aquel momento los más patrioteros, no dieron tiempo a que la sangre de los soldados españoles se secara para dar un giro asombroso y apuntarse a un catalanismo que hasta aquel momento, según escribieron posteriormente Cambó y Prat de la Riba, era cosa de cuatro excéntricos. Y quizá lo más sorprendente es que desde Cataluña empezó a echarse la culpa del desastre a la España castellana, como si los catalanes no hubieran participado en ello e incluso, en muy buena medida, no lo hubieran provocado por la política monopolista y arancelaria que, para favorecer a la industria catalana, exasperó a los cubanos. En aquel momento comenzaron a circular ideas como la de que los catalanes habían sido conquistados y oprimidos por los castellanos durante siglos; que a catalanes y castellanos les separaba una insalvable incompatibilidad psicológica; que los castellanos, y sobre todo los andaluces, eran de raza inferior por la presencia de una sangre semítica de la que, por el contrario, los catalanes carecerían; que la única salvación para Cataluña era la secesión, etc. 

'El nacionalismo catalán es un fraude histórico'

mardi 29 avril 2014

CUBA Y EL DESPERTAR DE LOS NACIONALISMOS EN LA ESPAÑA PENINSULAR

A lo largo de los años, la emblemática fecha de 1898 ha generado tanta lite­ratura sobre el nacionalismo español -y la respuesta del catalanismo y el vas­quismo- que han resultado ocultadas importantes implicaciones ideológicas de la dinámica antillana anteriores al fatídico "desastre".

El hecho es que Cuba fue el factor, invisible pero siempre presente, que condicionó la aparición y el pos­terior crecimiento de todos los nacionalismos contemporáneos en España. Más que el impacto de las guerras antillanas en la Península, fue el enfrentamiento entre nacionalismo cubano y respuesta españolista lo que estableció las pautas ideológicas de radicalización que serían posteriormente repetidas en contextos metropolitanos.

Banderas de Cuba y Cataluña

De hecho, en la segunda mitad del siglo XIX, el cubano fue el único nacionalismo hispánico -tanto centrífugo como centrípeto- con éxito pleno y dura­dero. Pasada la inflexión decisiva de la "Revolución española", situada entre el establecimiento de un marco constitucional definitorio desde la metrópolis y la independencia de la "Tierra firme" virreinal en las Américas, todo proyecto nacionalista, fuera imperial, integrador o secesionista, debía ser medido, en primera instancia, por su realización práctica. En el siglo XIX, y como demostró la misma independencia cubana, fracasaron las fórmulas nacionalistas para articular una España unitaria.

En otras palabras, el nacionalismo cubano tuvo un papel fundamental -aunque por lo general ignorado en la formación de posturas nacionalistas en España.
Tanto las formas más contemporáneas del nacionalismo español como la aparición de movimientos competidores, especialmente en Cataluña y Las Vascongadas, estuvieron determinados por el modelo pionero madurado por las guerras civiles de la Gran Antilla.

Cuba fue el medio propalador de planteamientos ideológicos netamente norteamericanos hasta contagiar la política peninsular española. En un brillante ensayo de síntesis, el historiador cubano Moreno Fraginals ha explicado la dimensión española de la política cubana. En cambio, la dimensión cubana de la política española -exceptuando la dinámica económica, destacándose el rol de grupos de presión antillanos y de poderosos intereses comerciales burgueses ante la administración, con sus reciprocidades- sigue sin recibir la consideración que merece.

De hecho, las reformas liberales sagastinas, reintroduciendo y consolidando el programa de la "Gloriosa" (sufra­gio universal masculino en comicios municipales en 1882, manumisión definitiva de los esclavos en 1886, un nuevo código comercial, también en 1886, el derecho de asociación en 1887, el jurado en 1888, un nuevo código civil en 1889, y final­ mente, como culminación, el sufragio universal masculino en las elecciones legis­lativas en 1890) potenciaron una adaptación de todo el espectro político, marcado por la aparición de nuevos extremos ideológicos, más allá de republicanos y carlistas, proceso que vio aparecer los primeras grupos regionalistas y/o nacionalistas. Empezaron a circular propuestas de un encaje entre regiones y provincias en los partidos constitucionales, Io que lógicamente estimuló la fantasía de los flamantes catalanistas, "bizkaitarras" y galleguistas.


En 1883, a la década de su desastre cantonalista, los federales recuperaron el aliento perdido y formularon pro­puestas estatutarias para unos hipotéticos estados catalán y gallego dentro de una anhelada federación.

A la muerte de Cánovas...

Nueva política, pues, era cualquier cosa que abominase de las hueras generalidades del '68 y del '76, con lo que las adaptaciones locales de los argumentos criollos cubanos estaban precisamente al día. ¿Qué podía producir más sensación de novedad que citar a Teddy Roosevelt, protagonista simbólico de la derrota de la "vieja política" española, como hicieron gusto­sos tanto Sabino Arana como Prat de la Riba?

Luego, introducir doctrina ame­ricana, ya aclimatada a los temperamentos hispanos, era también de agresiva modernidad. Y además, nadie tuvo que ser consciente de probar fuertes mixturas criollas, extrañas a los paladares peninsulares, ya que tales argumentos fueron embadurnados con las ricas salsas del romanticismo localista que se venía produciendo desde hacía medio siglo.

El medio "indiano" permitió una radicalización verbal al homogeneizar su anti-españolismo con el contexto antillano, especialmente tras 1898, bajo la ocupación norteamericana y, especialmente, a partir de la independencia cubana en 1902. Finalmente, puede que los "indianos" no tuvieran mucha cultura política, pero tenían dinero, ingrediente político siempre admirable, y estaban dispuestos, con su fe idealista cubano-catalana, cubano­ canaria, etc., a financiar opciones puras, extremistas.

Así, a partir de alguna versión inicial diseñada en Santiago de Cuba hacia 1903-1904, la bandera independentista catalana se inventó en 1918 en Barcelona, siendo una simple adaptación del triángulo azul y la estrella solitaria cubanos a las barras catalanas.
Maciá llegaría a dejar que los "Catalans d'Amèrica" compartiesen el peso económico de su conspiración en los años del primorriverismo y se redactó en Cuba un proyecto de constitución independiente para Cataluña en 1928.

El separatismo canario se moldeó según patrones cubanos: su fundador empezó su labor publicista en defensa de su "patria isleña" en Tampa (Florida), con el apoyo de exi­liados de la Gran Antilla. El Partido Nacionalista Canario nació en La Habana en 1924.

El "arredismo" o separatismo gallego apareció antes en los Centros Gallegos americanos (primero en Buenos Aires, luego en Cuba, hecho visible en los años veinte), que en Galicia. 

Los Centros Vascos igualmente fueron influ­yentes en el sustento ideológico de la facción "aberri", la más radical y sabiniana dentro del conjunto nacionalista vasco, durante la Dictadura primorriverista.
Las analogías entre las actitudes ideológicas nuevas centrifugas a la Península y las vie­jas pendencias insulares, por lo tanto, eran evidentes para todos los contemporáneos, aunque también hubiera quien las minimizara justamente por esta razón.
En resumen, la historiografía ha seguido pautas ideológicas preestablecidas, buscando exclusivamente los orígenes de los nacionalismos hispánicos en dinámicas interiores, aisladas para cada caso. Y las influencias ideológicas externas se han buscado con inconsciente criterio eurocentrista. Pero el españolismo no nació en Madrid, ni fue producto únicamente de las guerras civiles peninsulares que debatían la organización interna del Estado. Y los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos y canarios aprendieron su recurso dialéctico a la autodeterminación de los "mambises" que la ejercieron, mediante la guerra civil, en la Manigua cubana.

Bibliografía

E. Prat de la Riba, La nacionalitat catalana (1906), Barcelona, 1934, pp. 192-194.
J. Crexell: Origen de la bandera independentista catalana, Barcelona, 1984.
127. V. CASTELLS: Catalans d'Amèrica perla independència, Barcelona, 1986
128. M. Suarez Rosales: Secundino Delgado. Vida y obra del padre del nacionalismo canario, Santa Cruz de Tenerife, 1986
129. X. M. Núñez Seixas: 0 galeguismo en América, 1879-1936, La Coruña, 1992


Resumen:
ENRIQUE  UCELAY-DA CAL ©  Ediciones Universidad de Salamanca, Stud. hist., H.J cont., 15, pp. 151-192