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lundi 11 août 2014

Imperialismo Arancelario Catalán y Guerra de Cuba

Vais a contribuir a la represión de una insurrección desalentada (...) a evitar la pérdida de una joya envidiada por su valor inestimable, a defender la integridad del territorio, a pelear para que España viva contra los que allí claman muera España
Narcis Gay, Diputado Provincial de Barcelona en la ceremonia de entrega de la bandera (española) al batallón de voluntarios catalanes con destino a Cuba.


Tras la independencia a principios del siglo XIX de las posesiones continentales americanas, Cuba, Puerto Rico y Filipinas constituían los últimos restos del antaño extensísimo imperio español. 

El más importante de ellos era sin duda la isla de Cuba. La primera tierra americana en ser colonizada, había prosperado con la producción a gran escala de azúcar y tabaco, y era considerada la colonia más rica y más floreciente en manos de cualquier potencia europea. Los movimientos separatistas que habían terminado en pocos años con la presencia española en el continente, apenas habían cuajado en la isla. La principal razón resultaba obvia. Cuba era una isla esclavista. La base de la producción azucarera, y por tanto de la riqueza de la oligarquía local, era la mano de obra esclava. Miles y miles de africanos habían sido asentados en el Caribe merced a un indigno tráfico (por cierto dominado por negreros catalanes, ya lo detallaremos en alguna entrada posterior). Los criollos cubanos ante el miedo a las grandes masas de esclavos africanos, y a que la independencia pudiera derivar en algún tipo de emancipación afrocubana se lo pensaron dos veces antes de clamar por ella.

Sin embargo, conforme avanzaba el siglo, el movimiento nacionalista cubano fue ganando fuerza. La cada vez más estrecha relación comercial de la isla con los emergentes Estados Unidos,  la abolición de la esclavitud en 1.886 y la consiguiente extensión del proletariado cubano supusieron puntos de inflexión. 

Para colmo de males, en 1.882 la burguesía catalana consiguió que se promulgara la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas. Se trataba de una disposición proteccionista que pretendía garantizar el mercado cubano para los fabricantes peninsulares, principalmente catalanes, que  por entonces tenían serias dificultades para competir con la moderna y eficiente industria norteamericana.  Por esta Ley, los puertos de Cuba, Puerto Rico, y Filipinas, pasaban a ser de cabotaje y se establecía a las importaciones extranjeras un imponente arancel de entre el 40 y el 46%. 


Embarque de los voluntarios catalanes rumbo a la Guerra de Cuba
Luciendo barretinas y desplegando bandera española y entusiasmo colonialista

Obviamente, para la industria textil de Cataluña resultó un negocio redondo. Las exportaciones del sector algodonero se triplicaron entre 1.891 y 1.898. Por contra, las importaciones de manufacturas exteriores en Cuba se redujeron en un tercio entre 1.891 y 1.901. Se produjo, en definitiva, un desequilibrio evidente en el que los industriales proteccionistas peninsulares  fueron  beneficiados a costa de los ciudadanos cubanos, cuyos intereses pasaban por el librecambismo. Quedaban obligados a pagar un sobreprecio por comprar los bienes que precisaban.

Como cabía suponer, los efectos de la Ley de Relaciones Comerciales no se hicieron esperar. El malestar de los cubanos se reflejó en un un aumento sensible de los partidarios de la independencia. Ante esta situación, se alzaron voces razonables a favor de la concesión de una autonomía, punto clave de la cual sería la relajación de la política proteccionista. Pero tal solución de compromiso contaba con la oposición cerrada tanto de los sectores más ultras como de la burguesía textil catalana, por lo que nunca terminó de llevarse a cabo. 

En sentido contrario (y razones había para ello) el apoyo en Cataluña al mantenimiento del status quo colonial era abrumador. Ya cuando estalló la primera de las guerras de independencia cubana, la denominada Guerra de los Diez Años (1.868-1.878)  se sucedieron en Barcelona las muestras de apoyo al gobierno y al ejército, incluyendo el alistamiento de un cuerpo de voluntarios. Los gastos de enganche del mismo serían sufragados mediante suscripciones populares iniciadas por la Diputación de Barcelona. En el momento en el que el Gobierno Central, partidario en aquel momento de buscar una solución negociada, trató de suspender el alistamiento, la Diputación amenazó con dimitir en bloque. El gobierno dio marcha atrás, y los jóvenes catalanes partieron a combatir a la manigua cubana, convenientemente equipados, eso sí, con las tradicionales faja y barretina del país.  Fueron agasajados y despedidos por las autoridades barcelonesas entre el entusiasmo patriótico de la población. Llegados a La Habana, el dramaturgo y político Francisco Camprodon Lafont, natural de Vic, les recibiría con estos patrióticos versos en lengua catalana.

Porti l´vent á terra lluña
lo crit de terra germana:
los españols de l´Habana
saludan á Cataluña.
Si la traició refunfuña
esperant vencer; s´engaña:
gent de la nostra calaña
no agarra l´fussel en vá:
Cuba no s´pert, ni s´perdrá
es de España y ¡viva España!

Los batallones de voluntarios catalanes llegarían a sumar la muy respetable cifra de 3.600 soldados. En su financiación colaborarían distinguidos miembros de la burguesía catalana como Claudio López Bru o Salvador Sañá. Y no nos extraña. Ya en 1.872 el Diario de Barcelona preguntaba sin medias tintas:
¿Quién consumiría lo que Cataluña produce si las Antillas dejaran de ser españolas? ¿A dónde irían nuestros vinos, nuestros aceites, los productos todos de nuestra agricultura y de nuestra industria?
Mientras, en Cuba, los levantamientos y choques armados se sucedían, y miles de reclutas fueron enviados desde la península para intentar dominarlos. Curiosamente, la extensión de la guerra no dejó de suponer también, de rebote, un lucrativo  negocio para el sector textil catalán en forma de uniformes militares. Dividendos que contrastaban sobremanera con las penosas condiciones que debían afrontar los soldados. Combatiendo en un clima tropical y faltos de pertrechos, se estima que la gran mayoría de las bajas fueron causadas por las enfermedades y las duras condiciones en las que luchaban, no por las balas enemigas.


 Caricatura patriótica aparecida en 1.896 en la revista catalana "La Campana de Gracia"
Un amenazante Tio Sam pretende poner sus malvadas manos sobre la Cuba española

Después de la entrada de Estados Unidos en la  guerra en 1.898 la situación bélica varió por completo. La flota española fue derrotada en Cavite y Santiago de Cuba y tras algunos combates en tierra, España pidió la paz. Esta se firmaría en diciembre de ese mismo año y supondría la independencia de Cuba y la cesión a E.E.U.U. de Filipinas, Puerto Rico, y la isla de Guam.

Tras el desastre del 98, y la consiguiente  pérdida de las colonias, nada volvió a ser igual en la península. Concretamente, en Cataluña, la burguesía algodonera, resentida por la pérdida del suculento mercado cubano, se volcó hacia el catalanismo. Éste enseguida abandonó su regionalismo originario para conformar un nacionalismo mucho más radical, reivindicativo y opuesto a España. Y el apelativo "imperialista" pasó a constituir uno de los venablos preferidos dentro de su extenso arsenal de improperios  hacia Castilla.  Los tiempos, efectivamente, habían cambiado.  

fuente: http://voz-castellana.blogspot.fr/2014_02_01_archive.html

lundi 28 juillet 2014

El separatismo, “un moviment espontani del poble”? Vea cómo todo lo dirige la Gene.


Desde 1990, el Govern planeó la infiltración nacionalista en todos los ámbitos catalanes.

generalitat 
En 1990 José Antich escribió un artículo para enmarcar. Allí explicaba el Programa 2.000: el plan de infiltración nacionalista que puso en marcha CiU en la década de los 90. El documento tenía 20 páginas: “La obsesión por inculcar el sentimiento nacionalista en la sociedad catalana, propiciando un férreo control en casi todos sus ámbitos -el documento propugna la infiltración de elementos nacionalistas en puestos clave de los medios de comunicación y de los sistemas financiero y educativo-, y las referencias a un ámbito geográfico -los Países Catalanes- que sobrepasa los límites del Principado, son algunos ejes del que viene a ser el Programa 2000 de los nacionalistas catalanes”, decía Antich. La infiltración tuvo tanto éxito que el mismo Antich se convirtió al nacionalismo, y hoy es tertuliano estrella en los medios nacionalistas subvencionados.
El Programa 2.000, escrito por Jordi Pujol en el verano de 1989 (con la colaboración de Miquel Roca), decía lo siguiente:
“Cataluña es una ‘nació’ discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico. El embrión del espanyansroba i ensvolenaixafar.
“La búsqueda de la soberanía hace imprescindible la sensibilización ciudadana hacia el reforzamiento del alma social. (…) Vigilar la composición de los tribunales de oposición para todo el profesorado. (…) Reorganizar el cuerpo de inspectores de forma que vigilen la correcta cumplimentación de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza“. El adoctrinamiento de somescolanacionalista.
- “Incidir en las asociaciones de padres”. Las AMPAS nacionalistas.
“Fomento de las fiestas populares, tradiciones, costumbres y trasfondo mítico”. La flama de Canigó, los castells per la independènciainvento de gegants y demás tradiciones artificiales.
- “Introducir gente nacionalista (…) en todos los puestos claves de los medios de comunicación. (…) Incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y de los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana”TV3Mònicuatrocientosmil TerribasJordi Basté, el Conde de Godó y el resto de medios nacionalistas subvencionados.
“Creación de organizaciones patronales, económicas y sindicales catalanas, y diseño de una estrategia para optar a los cargos directivos de las instituciones financieras”. La complicidad de UGT y CCOO, y de Gay de Montellà, Fomento, La Caixa, PIMEC, Rosell y los empresarios separatistascomo Bonpreu o Casa Tarradellas.
“Incidir sobre la administración de justicia y orden público con criterios nacionales”Piqué Vidal,Pascual Estevill y demás jueces ideologizados que hicieron la vista gorda en las corruptelas nacionalistas; y Santiago Vidal, el licurgo separatista.
Jordi Pujol tuvo 14 años más para poner en práctica el Programa 2.000. Después lo continuarían MontillaMas. Hoy vemos las consecuencias de esta operación de imposición ideológica desde arriba.
¿Alguien se cree todavía eso de “es un ‘prucés’ de baix a dalt, espontani, que surt del poble”? Lo único que sale del “poble” es el dinero para llevarlo a cabo, mediante los impuestos más altos de Europa. El resto brotó del delirante magín de Jordi Pujol y demás ideólogos nacionalistas.

mardi 24 juin 2014

El derecho a decidir desde la distancia

Ignacio Oliveras

Publicado: 23/03/2014 10:56

Hace poco uno de los lectores habituales de este blog (es decir, un pariente) me pidió que escribiera algo sobre lo que está pasando en Cataluña, aduciendo que puesto que yo he viajado sería interesante saber lo que pienso sobre el asunto. El lector en cuestión, que por cierto vive hoy expatriado en Chile, es contrario a la independencia y creo que anticipa que porque yo he viajado lo soy también.

No se equivoca, aunque el hecho de haber viajado no presupone gran cosa -por no decir que nada- sobre la posición que pueda uno tener en este asunto. Por poner un ejemplo conocido, el escritor y periodista de La Vanguardia Quim Monzó, hijo como yo de una andaluza y que vivió en Nueva York en sus años mozos es un independentista sin matices, y hay otros tantos como él.

Hace casi un año y medio escribí ya algo sobre este tema y mi posición no ha cambiado sustancialmente. Además otros blogueros escriben muy bien y casi en exclusiva sobre el asunto, por lo que no hay mucho que pueda añadir yo. Acabo de pasar sin embargo un corto período de tiempo en Amberes, principal ciudad de Flandes, donde la cuestión de la independencia domina el debate político de forma similar a como ocurre en Cataluña, por lo que quizás pueda plantear algunos paralelismos no carentes de interés.

Aunque los porcentajes varían sustancialmente en función de cómo se realice la pregunta, parece que la mayoría de catalanes apoyarían la celebración de un referéndum de autodeterminación pero la cosa está bastante más reñida en lo que respecta a una pregunta que plantee directamente y sin ambigüedad la independencia de Cataluña. De hecho, si se celebrarse un referéndum con una pregunta clara probablemente éste se decidiera por el canto de un duro, como ocurrió en Quebec en 1995.

Los independentistas catalanes defienden que un referéndum de este tipo sería un ejercicio democrático innegable, y si uno escucha un debate en Catalunya Ràdio o medios por el estilo lo que se ha dado en llamar dret a decidir parece que sea una especie de ley natural e innegable, lo cual me resulta bastante irritante. El derecho a decidir es una metonimia del derecho de Cataluña a decidir ser independiente y que es usada interesadamente para intentar desacreditar no sólo a quiénes están en contra de la celebración de un referéndum, sino a quienes tenemos una opinión matizada con respecto al mismo como pueda ser mi caso: a todos se nos etiquetará como contrarios al derecho a decidir.

Sin embargo, yo estoy a favor del derecho a decidir (de las mujeres a interrumpir un embarazo durante las primeras 14 semanas) y no estoy a favor del derecho a decidir (de los ciudadanos de Solsona a reinstaurar la pena de muerte en su municipio). Que Cataluña deba pronunciarse mediante un referéndum sobre si debe ser independiente o no es una cuestión debatible y es perfectamente defendible, y los catalanistas que apoyan la moción lo hacen de forma pacífica por lo que recurrir a comparar a nacionalistas catalanes con los nazis como la caverna hace recurrentemente está fuera de lugar. La comparación con los nacionalistas eslovacos, quebequenses o flamencos es en cambio perfectamente pertinente.

Sobre la celebración de un referéndum el Gobierno apela a la Constitución, que en 1978 fue votada por los catalanes con tanto o más entusiasmo que por el resto del censo, si bien es cierto que en 2006 se votó en similar medida a favor de unEstatuto de autonomía que reclamaba mayores competencias y del que 14 artículos fueron declarados inconstitucionales. Mal que les pese por lo tanto a muchos catalanes, la Constitución en vigor dice que la soberanía reside en la Nación española.

El concepto de soberanía es posiblemente una ficción de un calibre semejante aldret a decidir, pero al contrario de éste tiene la virtud de ser reconocido internacionalmente. Estaría bien saber cómo regularía una hipotética Comisión Constitucional de Cataluña el derecho a decidir de una de sus partes (pongamos el Valle de Arán), pero no creo que fuera muy innovadora en ese sentido y probablemente dictaminara simplemente que la soberanía reside en la Nación catalana.

Siendo el marco legal actual el que es, el PP defiende que si se celebra un referéndum éste debe celebrarse en toda España. A los independentistas catalanes esto les parece un sinsentido, pero hoy por hoy es la única opción legal y esto es irrefutable. Además, no es en absoluto tal sinsentido; tomemos el ejemplo de Bélgica. Flandes, la región norte del país, puede esgrimir su derecho a la autodeterminación con tanta o mayor razón que los catalanes: tienen una lengua propia y una historia con agravios similares a los que los catalanes hemos sufrido -su lengua estuvo excluida de la educación secundaria y superior demasiado tiempo ya que durante la primera mitad de su existencia el francés fue la única lengua oficial en Bélgica, y los flamencos estaban sistemáticamente infrarrepresentados entre los altos funcionarios, etcétera-.

Existe una diferencia importante, sin embargo, entre Cataluña y Flandes: los flamencos son mayoritarios en Bélgica. Si transponemos la realidad belga a España sería algo bastante similar a que todas las comunidades del norte quisieran independizarse de Castilla-La Mancha, Extremadura, Murcia, Andalucía y Canarias, siendo Madrid una especie de ente intermedio. Si el norte decidiera independizarse por voluntad mayoritaria de sus ciudadanos, ¿sería ello un acto democrático o bien lo contrario? En mi opinión ello sería la imposición pura y dura de una mayoría sobre una minoría. La mayor parte de los flamencos, de forma pragmática, parecen entenderlo así también y descartan escenarios de ruptura unilateral.

Por cierto, aunque los independentistas están mucho más organizados y hacen oír mucho más su voz, tanto en Cuba como en Portugal existen movimientos reintegracionistas que proponen una reunificación con España, muy minoritarios pero que personalmente me despiertan simpatía.

En lo que se refiere a la celebración de un referéndum en Cataluña, como en otras tantas cosas, no coincido con el PP, y creo que sería bueno convocarlo. Y si Cuba o Portugal decidieran convocar un referéndum pro integración con España me parecería igualmente estupendo. Ahora bien, que dichos plebiscitos fueran vinculantes para España (o para el resto de España en el caso de un referéndum catalán) sin que la mayoría de españoles tuvieran nada que decir al respecto me parece tan poco razonable como que los flamencos decidieran independizarse unilateralmente.

Si en el último año y medio hay algo que ha quedado claro es que la UE no va a poner las cosas fáciles para la integración de una Cataluña independiente en su seno, lo que tiene todo el sentido del mundo puesto que el separatismo es contrario a los fines de la unión. Ante tal escenario, Mas podría admitir que la independencia bien vale una salida de la UE, pero no lo hace porque las encuestas indican que con una salida de la UE el no vencería, como parece que ocurrirá en Escocia.

Con una mala fe que me parece evidente, Mas pretende que es posible conseguir una doble pirueta: independizarse de España (unilateralmente) e integrarse en la UE (unilateralmente) como miembro de pleno derecho. Seriamente, ¿alguien se lo cree? En mi opinión, y con suerte, una Cataluña unilateralmente independientesería reconocida por Kosovo, Abjasia y un puñado de países más si la Generalitat mejora sus dotes diplomáticas.

Y mucho tendrían que mejorar, porque la lucha por la libertad de los catalanes no se parece en nada al movimiento por los derechos civiles de los años 50 liderado por Martin Luther King, una comparación de Mas que delata su falta de miedo al ridículo. Se parece, en cambio, y mucho, al nacionalismo flamenco liderado por el alcalde de Amberes, que saltó a la palestra política en 2005 orquestando una especie de performance al frente de un convoy de 12 camionetas que según él representaban los vehículos que serían necesarios para transportar en billetes de 50 euros las transferencias que Flandes realiza a Valonia cada año. La solidaridad internacional a la que Mas puede aspirar, lamentablemente para él, es más bien poca.

mardi 29 avril 2014

CUBA Y EL DESPERTAR DE LOS NACIONALISMOS EN LA ESPAÑA PENINSULAR

A lo largo de los años, la emblemática fecha de 1898 ha generado tanta lite­ratura sobre el nacionalismo español -y la respuesta del catalanismo y el vas­quismo- que han resultado ocultadas importantes implicaciones ideológicas de la dinámica antillana anteriores al fatídico "desastre".

El hecho es que Cuba fue el factor, invisible pero siempre presente, que condicionó la aparición y el pos­terior crecimiento de todos los nacionalismos contemporáneos en España. Más que el impacto de las guerras antillanas en la Península, fue el enfrentamiento entre nacionalismo cubano y respuesta españolista lo que estableció las pautas ideológicas de radicalización que serían posteriormente repetidas en contextos metropolitanos.

Banderas de Cuba y Cataluña

De hecho, en la segunda mitad del siglo XIX, el cubano fue el único nacionalismo hispánico -tanto centrífugo como centrípeto- con éxito pleno y dura­dero. Pasada la inflexión decisiva de la "Revolución española", situada entre el establecimiento de un marco constitucional definitorio desde la metrópolis y la independencia de la "Tierra firme" virreinal en las Américas, todo proyecto nacionalista, fuera imperial, integrador o secesionista, debía ser medido, en primera instancia, por su realización práctica. En el siglo XIX, y como demostró la misma independencia cubana, fracasaron las fórmulas nacionalistas para articular una España unitaria.

En otras palabras, el nacionalismo cubano tuvo un papel fundamental -aunque por lo general ignorado en la formación de posturas nacionalistas en España.
Tanto las formas más contemporáneas del nacionalismo español como la aparición de movimientos competidores, especialmente en Cataluña y Las Vascongadas, estuvieron determinados por el modelo pionero madurado por las guerras civiles de la Gran Antilla.

Cuba fue el medio propalador de planteamientos ideológicos netamente norteamericanos hasta contagiar la política peninsular española. En un brillante ensayo de síntesis, el historiador cubano Moreno Fraginals ha explicado la dimensión española de la política cubana. En cambio, la dimensión cubana de la política española -exceptuando la dinámica económica, destacándose el rol de grupos de presión antillanos y de poderosos intereses comerciales burgueses ante la administración, con sus reciprocidades- sigue sin recibir la consideración que merece.

De hecho, las reformas liberales sagastinas, reintroduciendo y consolidando el programa de la "Gloriosa" (sufra­gio universal masculino en comicios municipales en 1882, manumisión definitiva de los esclavos en 1886, un nuevo código comercial, también en 1886, el derecho de asociación en 1887, el jurado en 1888, un nuevo código civil en 1889, y final­ mente, como culminación, el sufragio universal masculino en las elecciones legis­lativas en 1890) potenciaron una adaptación de todo el espectro político, marcado por la aparición de nuevos extremos ideológicos, más allá de republicanos y carlistas, proceso que vio aparecer los primeras grupos regionalistas y/o nacionalistas. Empezaron a circular propuestas de un encaje entre regiones y provincias en los partidos constitucionales, Io que lógicamente estimuló la fantasía de los flamantes catalanistas, "bizkaitarras" y galleguistas.


En 1883, a la década de su desastre cantonalista, los federales recuperaron el aliento perdido y formularon pro­puestas estatutarias para unos hipotéticos estados catalán y gallego dentro de una anhelada federación.

A la muerte de Cánovas...

Nueva política, pues, era cualquier cosa que abominase de las hueras generalidades del '68 y del '76, con lo que las adaptaciones locales de los argumentos criollos cubanos estaban precisamente al día. ¿Qué podía producir más sensación de novedad que citar a Teddy Roosevelt, protagonista simbólico de la derrota de la "vieja política" española, como hicieron gusto­sos tanto Sabino Arana como Prat de la Riba?

Luego, introducir doctrina ame­ricana, ya aclimatada a los temperamentos hispanos, era también de agresiva modernidad. Y además, nadie tuvo que ser consciente de probar fuertes mixturas criollas, extrañas a los paladares peninsulares, ya que tales argumentos fueron embadurnados con las ricas salsas del romanticismo localista que se venía produciendo desde hacía medio siglo.

El medio "indiano" permitió una radicalización verbal al homogeneizar su anti-españolismo con el contexto antillano, especialmente tras 1898, bajo la ocupación norteamericana y, especialmente, a partir de la independencia cubana en 1902. Finalmente, puede que los "indianos" no tuvieran mucha cultura política, pero tenían dinero, ingrediente político siempre admirable, y estaban dispuestos, con su fe idealista cubano-catalana, cubano­ canaria, etc., a financiar opciones puras, extremistas.

Así, a partir de alguna versión inicial diseñada en Santiago de Cuba hacia 1903-1904, la bandera independentista catalana se inventó en 1918 en Barcelona, siendo una simple adaptación del triángulo azul y la estrella solitaria cubanos a las barras catalanas.
Maciá llegaría a dejar que los "Catalans d'Amèrica" compartiesen el peso económico de su conspiración en los años del primorriverismo y se redactó en Cuba un proyecto de constitución independiente para Cataluña en 1928.

El separatismo canario se moldeó según patrones cubanos: su fundador empezó su labor publicista en defensa de su "patria isleña" en Tampa (Florida), con el apoyo de exi­liados de la Gran Antilla. El Partido Nacionalista Canario nació en La Habana en 1924.

El "arredismo" o separatismo gallego apareció antes en los Centros Gallegos americanos (primero en Buenos Aires, luego en Cuba, hecho visible en los años veinte), que en Galicia. 

Los Centros Vascos igualmente fueron influ­yentes en el sustento ideológico de la facción "aberri", la más radical y sabiniana dentro del conjunto nacionalista vasco, durante la Dictadura primorriverista.
Las analogías entre las actitudes ideológicas nuevas centrifugas a la Península y las vie­jas pendencias insulares, por lo tanto, eran evidentes para todos los contemporáneos, aunque también hubiera quien las minimizara justamente por esta razón.
En resumen, la historiografía ha seguido pautas ideológicas preestablecidas, buscando exclusivamente los orígenes de los nacionalismos hispánicos en dinámicas interiores, aisladas para cada caso. Y las influencias ideológicas externas se han buscado con inconsciente criterio eurocentrista. Pero el españolismo no nació en Madrid, ni fue producto únicamente de las guerras civiles peninsulares que debatían la organización interna del Estado. Y los nacionalistas catalanes, vascos, gallegos y canarios aprendieron su recurso dialéctico a la autodeterminación de los "mambises" que la ejercieron, mediante la guerra civil, en la Manigua cubana.

Bibliografía

E. Prat de la Riba, La nacionalitat catalana (1906), Barcelona, 1934, pp. 192-194.
J. Crexell: Origen de la bandera independentista catalana, Barcelona, 1984.
127. V. CASTELLS: Catalans d'Amèrica perla independència, Barcelona, 1986
128. M. Suarez Rosales: Secundino Delgado. Vida y obra del padre del nacionalismo canario, Santa Cruz de Tenerife, 1986
129. X. M. Núñez Seixas: 0 galeguismo en América, 1879-1936, La Coruña, 1992


Resumen:
ENRIQUE  UCELAY-DA CAL ©  Ediciones Universidad de Salamanca, Stud. hist., H.J cont., 15, pp. 151-192