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samedi 4 avril 2015

Un combate de ideas en el siglo XIX: José Martí y el autonomismo



Un combate de ideas en el siglo XIX: José Martí y el autonomismo
Un combate de ideas en el siglo XIX:
 José Martí y el autonomismo
Es imprescindible, si se quiere lograr un análisis exhaustivo del fenómeno autonomista, y de la respuesta que encontró en los seguidores irreductibles de la vía independentista, remitirse al pensamiento martiano. José Martí encarnó las posiciones más avanzadas del pensamiento democrático radical cubano de su tiempo, no por casualidad sus ideas signaron proverbialmente la lucha revolucionaria y progresista de Cuba y del resto de los países latinoamericanos durante muchos años. En la actualidad, su pensamiento es aún estandarte de lid. 
Martí tuvo una total comprensión de la necesidad del debate de ideas como vía para que el proyecto revolucionario y los lineamientos generales del modelo de república al que aspiraba, y consideraba viable y necesario en nuestras condiciones históricas, pudieran ser concientizados por las masas humildes que, a su juicio, debían dirigir la revolución. Sabía que a la práctica revolucionaria debía anteceder una enconada lucha de pensamiento, como antesala indispensable para la reorganización política e ideológica y militar de las fuerzas revolucionarias. Asimismo, entendía necesario ganar el sentimiento patriótico, y a la vez, la conciencia de los más amplios sectores de la población. Era también de importancia ir anulando las dudas sobre la posibilidad de la victoria militar, a pesar del fatídico recuerdo de los fracasos anteriores. A su vez, se hacía vital la unidad de las distintas tendencias dentro del movimiento patriótico y en fin, que se generalizara el convencimiento de la capacidad de los cubanos para el gobierno propio. Por tales motivos, en su ardua labor organizativa de la nueva acometida mambisa, Martí dedicó una significativa parte de su tiempo, para referirse al autonomismo, trasmitiendo en sus discursos, escritos y cartas: análisis, valoraciones y críticas profundas respecto a esta corriente política. Se percataba de que el autonomismo podría convertirse en un poderoso dique de contención frente al ideal independentista. A sus preocupaciones se le añadía, su acertada valoración de lo ponzoñoso que resultaba para la causa revolucionaria, que  los autonomistas gozaran de la ventajosa posición de desplegar su labor propagandística al interior de la Isla, mientras que su radio de acción quedaba restringido fundamentalmente a la emigración cubana. Conocía muy bien que las figuras más egregias del autonomismo: Rafael Montoro, Eliseo Giberga, Antonio Govín, Rafael Fernández de Castro, etc, eran prestigiosos intelectuales y que, sus excelsas aptitudes para hacer vibrar las sensibilidades de los cubanos desde los púlpitos, podía devenir en la suma de simpatías a su bandera política en desmedro de la causa redentora. Ante tal situación, Martí justipreciaba que los autonomistas resultaban mucho más perniciosos que los anexionistas y los propios integristas. Hacia esta corriente política quedó entonces enfocada la mayor parte de su artillería ideológica.

El 21 de abril de 1879, encontrándose Martí en la Isla conspirando por un nuevo estallido revolucionario, fue invitado a un banquete que el Partido Liberal le ofreció en los altos del Louvre al periodista Adolfo Márquez Sterling, director del periódico La Libertad. El “Sinsonte del Liceo de Guanabacoa”, como le llamaban por su elocuencia, tuvo allí la posibilidad de mostrar su inmensa valentía política y sus excelentes dotes como orador dentro de la misma patulea autonomista:

“...por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana. Pero si, entrando por senda tortuosa, nos planteamos con todos sus elementos el problema no llegando por lo tanto a soluciones inmediatas definidas y concretas; si olvidamos como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser más que voces de la patria disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como el domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana”. (1)

Después de electrizado el auditorio ante las hermosas palabras de Martí, estallaron los aplausos, que fueron una transacción entre la cortesía y la disciplina del partido. José María Gálvez, presidente de la organización autonómica, inmediatamente pasó un recado discreto a Montoro, y este se levantó a contestar. Se produjo entonces el duelo entre dos de las mentes más ilustradas de la época, pródigos en el arte de la palabra. El ideólogo del partido defendió entonces las proyecciones de la organización en la que con orgullo militaba, y a partir de este momento, los campos quedaron dramáticamente escindidos. (2)

No sería muy difícil para Martí desentrañar, con mucho juicio, la mezquina defensa de intereses económicos dentro del movimiento autonomista como una de las causas primordiales que condicionaba su actuación política. De lo que se percataba no era más que el basamento clasista del autonomismo. Sabía que el sector que lo conformaba,  esencialmente los de su cúpula dirigente, convertida en hegemónica desde sus inicios, cuando centralizó de forma férrea la dirección del Partido; se aferraban al mantenimiento o satisfacción de intereses clasistas, uno de los motivos reales por el que condenaban la vía insurreccional como solución para Cuba. Temían a una verdadera revolución de amplio contenido social, que pusiera en peligro nuevamente sus riquezas e intereses, ya afectados durante la pasada insurrección. A su vez, veían con rechazo una guerra independentista que podía afectar, según ellos, la aspiración de alcanzar el advenimiento de un capitalismo desarrollado. Esto fue así, aún en los momentos en que se hacía más que evidente que no había otra opción que la ruptura definitiva con España y el sentir de la mayoría de los cubanos se inclinaba hacia la vía emancipadora.

Para Martí, “el deber de procurar el bien mayor de un grupo de hijos del país”, no podía ser superior “al deber de procurar el bien de todos los hijos del país”. (3) No era para él, la caja lo que había que defender, “ni con poner en paz el débito y el crédito, o con capitanear de palaciegos unas cuantas docenas de criollos”, se acallaba “el ansia de conquistar un régimen de dignidad y de justicia”. (4)

La nación que ensoñaba Martí, “Con todos y para el bien de todos”, nada tenía que ver con la que aspiraban los personeros del autonomismo, en la cual  los intereses de un solo sector de la población cubana encontrarían complacencia. Después de una “conmoción tan honda y ruda” como lo fue la Guerra de los Diez Años, decía Martí, los autonomistas se equivocaban al pensar que podían ser “bases duraderas” para calmar la agitación: “el aplazamiento, la fuerza y el engaño”. Los criticaba por tratar de elevar a “categoría de soluciones, que para ser salvadoras” habían de ser generales y satisfacer al mayor número de cubanos, sus “aspiraciones acomodaticias sin precedente y sin probabilidad de éxito” y por negarse a poner sus “manos sobre las fibras reales de la patria, para sentirlas vibrar y gemir”, cerrando “airados los oídos” y cubriéndose “espantados los ojos, para no ver los problemas verdaderos”. (5)
Sin embargo, Martí distinguía muy bien los diferentes elementos que componían el Partido Autonomista. Reconocía dentro de su membresía, no solo a los que actuaban según intereses económicos, y por tanto defensores a ultranza de una solución inoperante en aquellas circunstancias históricas, sino también a los cubanos que tenían un pensamiento patriótico y progresista dentro de sus filas y que auguraban en el autonomismo una vía para el adelanto de la nación, a los independentistas que esperaban la hora de volver a la manigua, a los que francamente creían que España podía hacer concesiones honorables a la Isla y a los que con honestidad no eran partidarios de una guerra, por las terribles consecuencias que provocaría:

“Honra y respeto merece el cubano que crea sinceramente que de España nos puede venir un remedio durable y esencial, - porque hay uno, o dos, cubanos que lo creen: honra y respeto al que, en la certidumbre de que un pueblo no ha de disponerse a los horrores de la guerra por el convite romántico de un héroe frustrado, dirija su política (…) Al que se engañe de buena fe, y al que se prepare, sin traición a la política de paz insegura, para atender con el menor desconcierto posible a las consecuencias naturales, en un pueblo empobrecido e infeliz, del fracaso de una tentativa de paz tan inútil como sincera, honra y respeto. Pero al que finja, blanqueando el corazón, aquella creencia en el remedio imposible que afloja las fuerzas indispensables para el remedio final; al que prefiere su bien inseguro, impuro, al servicio franco de la Patria, o contribuye con su silencio y su favor,….; al que oculta sabiendo la verdad, y promete lo que no cree, con labios prostituidos, y pretende demorar la obra sana  de la indignación, …, a esos enemigos de la república, a esos aliados convictos del gobierno opresor, ¡ ni honra ni respeto! (6)

Es sabido que la política oficial de la organización autonómica respecto a la independencia fue de condena total, pero no se quedó ahí, sino que prestaron un servil apoyo al gobierno español en su combate por extirpar de raíz la revolución. Así lo hicieron durante la Guerra Chiquita y frente a los distintos intentos separatistas que se produjeron durante el período fraguador. A esto se refería Martí cuando decía que: “ni por su espíritu, ni por su constitución, ni por sus prácticas y relaciones, ni por la fe en la paz española de algunos de sus miembros, ni por la lealtad de unos y el miedo de otros”, (7) se había puesto el Partido Autonomista a favor de la solución radical, sino que su objetivo fue siempre enterrarla.

Martí insistía continuamente en la importancia, la inevitabilidad y la necesidad de una nueva contienda para resolver las urgencias del país, y por demás, la única forma de llegar a la raíz del problema. La guerra era “por desdicha el único medio de rescatar a la patria de la persecución y el hambre;…” (8)

Asimismo, para El Apóstol, eran inadmisibles las soluciones intermedias, desde pequeño había resuelto el dilema planteado: “Yara o Madrid”, eligiendo con plena convicción y total entereza la entrega total a la causa redentora; lo que devino luego en su bregar incansable por acreditar la revolución, explicando sus causas, su necesidad, procedimientos, fines, errores cometidos y los previsibles. Por suma, el argumento fundamental de la Revolución lo apreciaba en la incapacidad de España en conceder “el sistema ineficaz de la autonomía en el plazo en que pueden esperarlo sin estallar la dignidad y la miseria de Cuba,…” (9)

Para Martí, era evidente la taimada actitud de las autoridades metropolitanas que pretendían suavizar con reformas vacuas el descontento desembozado que se vislumbraba en el pueblo antillano. Lo hacían según él, con la intención de mitigar el peligro de un nuevo estallido independentista, que se acrecentaba por las labores que desplegaba el Partido Revolucionario Cubano en la emigración:

 “ ¿Y cuándo, sino cuando está la revolución a puerta; cuándo, sino por la virtud y poder de los partidarios de la revolución; cuándo, sino por la necesidad apremiante de quitar vigor a la idea de guerra en la isla, que las emigraciones impulsan y apremian; cuándo, sino por esta espuela que llevamos los emigrados al talón; cuando, sino por el miedo que inspira al gobierno nuestra ordenación revolucionaria obtendría Cuba, de la metrópoli que aún después de diez años se burla de ella, esas migajas de apariencia con los que da a los tímidos pretexto para acatar y con los que ya no puede engañar a la isla escarmentada? (10)

Paralelamente, Martí divulgaba sus reflexiones, de que hasta la base legal en la que los  autonomistas erigían su labor y sus súplicas indignas al gobierno español, no eran más que un corolario de la propia revolución, y que la metrópoli mudaba únicamente su política, cuando el peligro de una nueva llama insurreccional se sentía quemándole los pies.
Los autonomistas, principalmente los de su cenáculo directivo, se empeñaron en la espera agónica de que España cediera a sus reclamos, cerrando los ojos ante una patria que se desangraba, víctima de un colonialismo salvaje y expoliador, que no tenía, ni podía conceder absolutamente nada, pues el entramado de intereses de la metrópoli, de los sectores y grupos privilegiados peninsulares y la oligarquía españolista de la Isla, no se lo permitía. Esto sin contar que en la mayoría de los sectores gubernamentales españoles, la autonomía era vista como una forma solapada de buscar la independencia.

Martí, conocedor de esa realidad cubana y a la vez, de los intereses que se movían en la Península, por el tiempo que vivió en ella exiliado, no desaprovecha oportunidad para referirse a la  inviabilidad de la autonomía. Consideraba que era una solución que no iba a la esencia del problema isleño e impracticable bajo las cadenas coloniales metropolitanas. Estaba convencido de que había que llegar a la raíz del problema cubano, y la única manera de hacerlo era alcanzando la libertad sin cortapisas:

“Si la revolución tuviese por objeto mudar de manos el poder habitual de Cuba, o cambiar las formas más que las esencias, caería naturalmente la obra revolucionaria en los que, por profesión o simpatía o liga de intereses, están entre los habitantes de la isla, abocados al ejercicio del poder (…). Rudo como es el refrán de los esclavos de Luisiana, es toda una lección de Estado, y pudiera ser el lema de una revolución: “Con recortarle las orejas a un mulo, no se le hace caballo” (…) Ni dentro de la ley, ni dentro de su esperanza agonizante, ni dentro de su composición real, podría más el partido autonomista, ni insinúa más, que reconocer la ineficacia de impetrar de España, con la sumisión que convida al desdén, una suma de libertades incompatibles con el carácter, los hábitos y las necesidades de la política española”. (11)

Estas ideas saltan a la vista en muchos de los escritos y discursos que se conservan de Martí. Los remedios, a su entender, eran impotentes cuando no se calculaban en relación con la fuerza y la urgencia de las enfermedades. La pelea lenta y sin cesar burlada de los autonomistas no hacía otra cosa que entretener al pueblo cubano sin resolver sus verdaderos problemas. (12)

Creía el Apóstol que Cuba no tenía que lograr autonomía, como las  colonias inglesas, para convencerse, como lo estaban ellas, de que la autonomía era insuficiente y tenía necesariamente que ceder, bajo la fuerza de las circunstancias, ante la solución independentista. (13)

Ante la actitud cómoda y sumisa de los autonomistas más recalcitrantes, la respuesta martiana fue siempre enérgica:

“¿Qué esperan esos hombres que afectan esperar todavía algo de sus dueños? ¡Oh! Yo no he visto mejillas más abofeteadas, yo no he visto una ira más desafiada; yo no he visto una provocación más atrevida… ¿Qué afectan esperar, cuando con desdeñosa complacencia, no perdonan sus dueños ocasión de repetirles que no cabe pedir allí donde se ha de tener por entendido que no hay nada ya que conceder? (14)

Sin embargo, Martí no cerró nunca las puertas a los autonomistas que quisieron unirse a la revolución. A su entender, eran hombres que seguían un camino equívoco, pero que había que contar con ellos para construir la República a la que aspiraba al terminar el conflicto bélico. No por casualidad en agosto de 1889, cuando Montoro y Giberga pasan por Nueva York, en tránsito hacia Cuba, después de haber librado una de sus batallas elocuentes e inútiles en las cortes españolas, Martí se dirige al hotel a cumplimentarlos. (15) Para él, los autonomistas por su derecho pleno de cubanos podían y debían unirse a la obra revolucionaria. La patria cubana como concepto martiano, tenía una relevancia vital que trascendía toda enemistad política con los autonomistas. Se trataba de sumar voluntades, no de restarlas. Sus ideas al respecto no dejan dudas de esta intención:

“Es grato esperar, por el ardimiento propio del corazón del hombre y por los consejos de un justo interés, que estén juntos en la hora definitiva de crear la república, los confesos de la política pacífica y los preparadores de la guerra inevitable”. (16)
En su discurso del 10 de octubre de 1891, pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, retoma estos criterios:

“…ni blandimos el marchamo para señalar las frentes culpables del terrible desorden espiritual, ni le señalamos con manos rencorosas la agonía de un pueblo que pudo mantenerse, y se debió mantener, en la campaña de la prudencia, disciplinado para la de la resolución; sino que abrimos los brazos, pensando solo en que somos pocos, aún cuando fuésemos todos, para reparar el tiempo perdido, para encender en la fe nueva los ánimos vibrantes...” (17)

Un ejemplo muy ilustrativo de la excepcional capacidad política de Martí, en su lucha por organizar la nueva contienda independentista, se produjo cuando al regresar Enrique Loynaz del Castillo a New York, después del fracaso de su intento de desembarcar un cargamento de armas por Nuevitas, debido a la delación de Antonio Aguilera, miembro de la junta autonomista de Camagüey; se dispuso a contestar a las calumnias, que sobre su persona estaba esgrimiendo la propaganda autonomista. Para este fin, redactó un manifiesto que circuló con fecha 30 de abril de 1894 en la emigración y en la Isla. Este documento según testimonio del propio Loynaz del Castillo, (18) fue leído dos veces a Martí antes de darlo a la imprenta, el cual quiso se le suprimieran algunas palabras que le parecían muy duras, por más que Loynaz creía que se las merecían los autonomistas. Al utilizar la frase “el horror de su conducta”, Martí corrigió “horror por error”. Ni una sílaba que hiriera a los adversarios, que también eran hijos de Cuba. El ataque debía centrarse contra su propaganda, no debía ser personal.

Su labor aglutinadora, abierta a incluir a los autonomistas, también la podemos percibir en su artículo “El Lenguaje reciente de ciertos autonomistas” publicado en Patria en 1894, cuando profirió a través de brillantes líneas: “El templo está abierto, y la alfombra está al entrar, para que dejen en ella la sandalias los que anduvieron por el fango, o se equivocaron de camino”. (19)

Martí vislumbró, como gran estadista que era, cuál iba a ser el destino del Partido Autonomista y de sus seguidores. Manifestaba que a la hora del estallido revolucionario, muchos autonomistas irían a parar a la manigua, mientras que sus más connotados y fieles representantes se unirían a España o terminarían en la emigración: “La masa sana, que siguió siempre al autonomismo porque creyó que con él se iba a la independencia, se irá entera a la revolución”. (20)

Valorando la situación en que se encontraba el Partido Autonomista en septiembre de 1894, Martí enfatizaba:

“Pero el autonomismo, como organización política, y como entidad actual de Cuba, ha cesado ya de existir, y solo entraría a la vida real si obedeciendo a la voluntad clara del país, la encabezase en vez de echarla en brazos de sus opresores. Desertado en Oriente, vencido ya en la conciencia camagüeyana, que un día lo ayudó de buena fe; reducido en Las Villas al aplauso curioso de los teatros incrédulos; postergado en occidente, que es donde más pudiera fungir…” (21)

De esta manera, Martí refleja la crítica situación en que se encontraba el Partido Autonomista en los preludios de la nueva arremetida independentista. Se había convertido en un partido escuálido, de minorías, que se oponía a la voluntad, al sentir y a los intereses de la mayoría de los cubanos. Por tal razón, para aquel tiempo se indignaba de pensar que aún hubiera autonomistas que permanecieran dóciles al compás de una política insuficiente, a pesar de no haber recibido más que agravios del gobierno español:

“A silbidos ha echado España del Congreso la autonomía de Cuba. A balazos, dice el jefe del gobierno español que echará atrás la autonomía. Ya no hay en Cuba autonomistas. No los debe haber. El honor no permite que los haya.” (22)

Pero ya desde su discurso del 10 de octubre de 1889 en el Hardman Hall de Nueva York, Martí se había referido a lo errado del camino que seguían los autonomistas y manifestado sus juicios más claviridentes sobre el papel histórico de esta corriente política:

“No es que no debió existir el partido de la paz, sino que no existe como debe, ni para lo que debe. Es que jamás ha cumplido con su misión, por el error de su nacimiento híbrido, por la falta de grandeza en las miras. Es que no abarca en la lucha del país contra sus opresores, todos los elementos del país. Es que no ha podido allegarse a las fuerzas indispensables para el triunfo, ni para el goce pacífico de él, ni para la vida sana de la patria, aún dentro de la libertad incompleta, o desdeña el trato verás con todos aquellos que se hubieran puesto del lado de la libertad contra España, si hubiese citado a la guerra común por la libertad, como debió citar, a los que por culpa de España padecen como nosotros de falta de libertad, (…)  Es que el Partido Autonomista por su debilidad, su estrechez y su imprevisión, ha hecho mayores los peligros de la patria” (23)

Según él, jamás había sido el Partido Autonomista, como algunos cándidos propalaban, el partido de la evolución:

“..., dábase el caso singular de que los que proclamaban el dogma político de la evolución eran meros retrógrados, que mantenían para un pueblo formado en la revolución las soluciones imaginadas antes de ella, y que los que en silencio respetuoso les permitían el pleno ensayo de su sistema inútil, eran, aunque acusados de enemigos de la evolución, los verdaderos evolucionarios” (24)

Para Martí, la falta mayor de los presupuestos teóricos de los autonomistas, fue su desconfianza en las condiciones y capacidades de los cubanos para emprender un camino independiente. Los cambios demográficos, políticos, económicos y sociales del país, planteados por el Partido Autonomista, suponían el reconocimiento de los paradigmas de la ideología liberal en el continente. La creación de un país moderno, racialmente homogéneo o al menos predominantemente blanco, nutrido de una amplia clase media de hacendados criollos y de emigrantes de origen europeo ligado a Europa por vínculos con la metrópoli española que avalara su seguridad y autogobierno, y económicamente enlazado a América por vínculos económicos con Estados Unidos que permitieran su prosperidad, fue interpretado por Martí como una absurda utopía carente de realismo y sensatez. Imposible de llevar a efecto en la práctica. (25) 

Estas y muchas otras aristas, que pudieran abordarse sobre el pensamiento martiano con respecto al autonomismo, son de extraordinaria importancia para lograr un mayor acercamiento a esta corriente política que irrumpió en la segunda mitad de la centuria decimonónica cubana, como una vía que confrontaba peligrosamente los postulados independentistas. Esto fue vislumbrado por Martí desde fecha muy temprana y por tal motivo se detuvo con regularidad a analizar este movimiento, para poder combatirlo con la fuerza de su pensamiento. El impetuoso combate ideológico desarrollado por Martí en la emigración frente a las ideas autonomistas, ayudó a que muchos cubanos desentrañaran el basamento clasista que caracterizó a la agrupación política, su inoperancia histórica, la heterogeneidad de sus filas y su ostensible antindependentismo. Asimismo, contribuyó a encumbrar la solución independentista como el único derrotero posible a seguir para resolver los males de Cuba, encaminado a la coronación de una nación pletórica de dignidad, libertad y justicia.

No fue necesario para Martí que sus ideas sobre el autonomismo llegaran a Cuba, para que el sentimiento mayoritario del país se inclinara hacia la independencia. La propia rigidez y brutalidad del colonialismo español hizo más contra el autonomismo al interior de la Isla, que la  labor ideológica del Apóstol, la cual solo tuvo una notable circulación entre los emigrados cubanos. No obstante, en su incansable lucha contra quienes fueron son más dignos rivales en el campo de las ideas, José Martí aportó a nuestro proceso histórico, la importante experiencia de lo trascendental de la labor ideológica en una causa revolucionaria.

Notas
(1)José Martí: Discurso en los altos del Louvre, La Habana, 21 de abril de 1879, en: Obras Completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975. t.4. p. 178 (Y Martí, según se dice, unió a sus palabras la acción de quebrar su copa)
(2)Mañach, Jorge: Martí. El Apóstol. La Habana. Editorial de Ciencias Sociales, 1990. p.1 03.
(3)José Martí: “La Política”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 335-336.
(4)José Martí: “Autonomismo e Independencia”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 355.
(5)José Martí: Discurso en Steck Hall, New York, 24 de enero de 1880, en: Discursos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. p. 56.
(6)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1889, en: Ob. cit., pp. 96-97.
(7)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1.  p. 233.
(8)José Martí: Discurso en el Masonic Temple, New York, 10 de octubre de 1887, en: Ob. cit., p. 78.
(9)Ibídem., p.195.
(10)José Martí: “¿Conque consejos y promesas de autonomía?”, Patria, New York, 1893, en: Ob. cit., t.2. pp. 288-289.
(11)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. pp. 332-333.
(12)José Martí: “Política Insuficiente”, Patria, New York, 1893, en: Ob. cit., t.2. pp. 193-195.
(13)José Martí: “Los Cubanos de Ocala”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.2. pp. 50-51.
(14)José Martí: Discurso en Steck Hall, 24 de enero de 1880, en: Ob. cit., p. 63.
(15)Ver: Mañach, Jorge en: Ob. cit., pp. 171-172.
(16)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 333.
(17)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1891, en: Ob. cit., p. 140.
(18)Ver: Loynaz del Castillo, Enrique. Memorias de la Guerra. LaHabana: Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989. p. 80.
(19)José Martí: “El lenguaje reciente de ciertos autonomistas”, Patria, New York, 1894, en: Ob. cit., t.3. p. 266.
(20)José Martí: Ibídem., t.3. p. 265.
(21)Ibídem., p. 264.
(22)José Martí: “Las Reformas en Cuba”, Patria, New York, 1894, en: Ob. cit., t. 3. p. 426.
(23)José Martí: “Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1889”, en: Ob. cit., p. 100.
(24)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 31 de enero de 1893, en: Ob. cit., p. 195.
(25)Alejandro Sebazco: “José Martí y el Autonomismo: Dos alternativas de la nacionalidad cubana”. En: Ob. cit.,  pp. 168-169.

jeudi 13 mars 2014

Los autonomistas y la guerra de Martí

Rafael E. Tarrago / El Nuevo Herald, marzo 17, 2003.

Desde hace años, la ideología y la actuación de los autonomistas que rechazaron la guerra en Cuba en 1895 decretada por Martí han sido reevaluadas positivamente por historiadores desapasionados. En 1971 Hugh Thomas publicó su libro sobre Cuba, en el que concluye que la autonomía concedida por España en 1898 hubiese sido la mejor vía para que Cuba llegase a ser verdaderamente independiente. Su tesis fue corroborada por J. M. Oglesby en artículo publicado por la revista The Americas en 1992. En Cuba ya Raimundo Menocal y Cueto había llegado a esa conclusión en 1947, cuando publicó en La Habana su obra de dos volúmenes Origen y desarrollo del pensamiento cubano, donde dice que las reformas descentralizantes concedidas a los cubanos en febrero de 1895 llamadas la Ley Abarzuza eran el principio del fin de la dominación española y hacían la guerra de Martí un conflicto innecesario. Desde 1878 Cuba no estaba bajo estado de sitio y para 1895 gozaba de libertades civiles como asociación, expresión y movimiento. La guerra de Martí cambió todo eso.

En un principio la rebelión de febrero de 1895 no encontró mucho apoyo, y los desmanes de los mambises en su invasión del occidente (como cantaban en su himno invasor, ''Cuba se acaba o redime, incendiada de un fin a otro fin'') causaron una reconcentración de campesinos antes de que el general Weyler fuese enviado como gobernador en 1896 con sus notorios bandos de reconcentración de los campesinos de occidente.
En su libro Facts and Fakes about Cuba (Nueva York, 1897), George Bronson Rea lo corrobora. El periodista afrocubano don Martín Morúa Delgado condenó en sus inicios la rebelión, negando el infundio de que era una guerra de negros en su periódico La Nueva Era el 6 de junio de 1895.

De los desmanes de los rebeldes sabemos por su propio testimonio. Ese es el caso con Aníbal Escalante Beatón, asistente del general Calixto García, quien ufano compara las hazañas de sus compañeros en armas a las campañas de Atila y sus hunos en el imperio romano en su libro de memorias de la guerra Calixto García: su campaña en el 95 (La Habana, 1946). En una carta al coronel Andrés Moreno desde Sancti Spiritus el 6 de febrero de 1897, Máximo Gómez, el Generalísimo, narra cómo durante su campaña de incendio y destrucción ''cuando la tea empezó su infernal tarea y todos aquellos valles hermosísimos se convirtieron en una horrible hoguera, cuando ocupamos a viva fuerza aquellos bateyes ocupados por los españoles, aquellas casas palaciegas, con tanto portentoso laberinto de maquinarias... hubo un momento que hasta dudé de la pureza de los principios que sustentaban la revolución... Mas... cuando puse mis manos en el corazón adolorido del pueblo trabajador y lo sentí herido de tristeza... tanta miseria material... entonces yo me sentí indignado y profundamente predispuesto en contra de las clases elevadas del país y en un instante de coraje... exclamé: bendita sea la tea''. (Máximo Gómez, Ramón Infiesta, p. 180).

El gobierno español perdió fuerza moral y provocó apoyo hacia los rebeldes con su represión bajo Weyler, pero autonomistas como Rafel Montoro tenían motivos para dudar que los rebeldes eran hombres capacitados para fundar una Cuba independiente que no fuera una copia de las repúblicas militares de Centro y Suramérica. Es probable que se dijeran que para militares bien se podían quedar con los españoles, a quienes siempre se podía sacar por medio del gobierno de Madrid. Y tenían razón, porque militares fueron tres de los cinco primeros presidentes de Cuba (José Miguel Gómez, García Menocal y Machado) y de los civiles el honesto Estrada Palma fue impuesto por el Generalísimo Gómez (y el gobernador angloamericano Leonardo Wood) y el presidente Zayas fue deshonesto a un grado mayor que sus predecesores o sus sucesores.

Es curioso que autonomistas como Montoro y Eliseo Giberga eran respetados en el campo rebelde. A Montoro no lo consideraba traidor a la patria el teniente coronel Villuendas, quien en su campamento de Las Villas en 1897 le dijo a Orestes Ferrara que Montoro sería uno de los hombres de importancia en la República por su talento y equilibrio mental. (Ferrara: Mis relaciones con Máximo Gómez, 1942). Eliseo Giberga fue diputado a la convención que redactó la primera constitución. Intelectuales separatistas como Sanguily y Varona mostraron el mayor respeto por su integridad y patriotismo, quizás porque sabían que en 1895 la idea de una república independiente estaba representada en menos de la tercera parte de la población (así era en 1898, como Frank Fernández dice en La sangre de Santa Agueda, Miami, 1994).

El hecho es que en octubre de 1897 Weyler fue relevado de su mando y el mes siguiente Cuba recibió la autonomía y se estableció en ella el sufragio universal masculino. En su artículo Race, Labor, and Citizenhip in Cuba: A View from the Sugar District of Cienfuegos, 1896-1909, revista HAHR, 1998 (pp.687-728), Rebecca Scott admite que hubo participación popular en las elecciones del gobierno autonómico cubano en abril de 1898. En 1905 el veterano del Ejército Libertador Enrique Collazo decía en Los americanos en Cuba que el gobierno autonómico había sido un ensayo beneficioso para Cuba y los hombres que lo plantearon hicieron cuanto bien pudieron. En palabras de Collazo, "la guerra en el intervalo de su mando cambió de aspecto, humanizándose todo lo posible... los reconcentrados encontraron en ellos verdaderos protectores... y al volver a sus hogares, en su mayoría pobres, pudieron tener la satisfacción del deber cumplido''.

Desafortunadamente, Máximo Gómez y Calixto García, en vez de pactar en 1898 con sus compatriotas autonomistas, cooperaron con el gobierno de los Estados Unidos en su guerra contra España. Así se dio el caso irónico de que la guerra que Martí organizó y comenzó para obtener la independencia completa de Cuba causó la destrucción y la enajenación que tres años más tarde entregaron ésta atada de pies y manos a los Estados Unidos.

Bibliotecario iberoamericanista de la Universidad de Minnesota, Minneapolis.

mercredi 12 mars 2014

Contra la Historia de Cuba: la politización del autonomismo

Desde hace ya algún tiempo, el autonomismo, corriente política de la centuria decimonónica cubana, se ha convertido en un tema de interés en la producción historiográfica española, y también ha pasado a ser tópico predilecto para algunos elementos hostiles al proceso revolucionario cubano actual. Sin embargo, entre los primeros y los segundos existen diferencias marcadas, pues en los autores españoles, a pesar de que podemos discrepar con muchas de sus hipótesis, y percibir en algunos de sus criterios cierta carga política adversa al sistema político de la Isla, se observa seriedad investigativa, nada comparable con los epidérmicos y extremadamente politizados análisis de ciertos detractores de la Revolución Cubana.

dimanche 26 janvier 2014

El Estado federal y el Estado autonómico

MANUEL CLAVERO ARÉVALO

EN la visita del presidente Mas al presidente Rajoy, aquél le pidió a éste el llamado pacto fiscal, un sistema fiscal equivalente a los del País Vasco y Navarra. El presidente Mas, ante la negativa del presidente Rajoy, le dijo que se atuviera a las consecuencias, y una de ellas ha sido la disolución del Parlament y la convocatoria de elecciones para el 25 de noviembre.

Por su parte, el Partido Socialista de Cataluña, de manera precipitada, ha defendido el federalismo, lo que ha sido bien acogido por los demás partidos socialistas. En España ha existido una Constitución federal, que fue la de la primera República de 1873, que duró muy poco y que degeneró en un cantonalismo. La Constitución enumeraba los estados federados, que eran los de Andalucía Alta, Andalucía Baja, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, Cataluña, Cuba, Extremadura, Galicia, Murcia, Navarra, Puerto Rico, Valencia y Regiones Vascongadas. Si prescindimos de Cuba y Puerto Rico, serían 15 Estados y son las 17 Comunidades Autónomas actuales. No están en la Constitución Federal ni Rioja ni Cantabria. Al Estado Federal se le atribuían 23 competencias. Los estados federados podrían darse su constitución política respetando la Constitución. Por lo demás, el federalismo de la Constitución de 1873 era simétrico y había un Senado, siendo sus miembros elegidos por los Estados federados en número de cuatro por cada Estado.

Una gran diferencia entre la Constitución de 1873 y las otras dos constituciones que en España han consagrado el derecho a la autonomía, que son las de 1931 y 1978, es la de que en la de 1873 los Estados venían determinados en la Constitución, mientras que en las otras dos, las regiones en la de 1931 y las comunidades autónomas en la de 1978, no venían consagradas en la Constitución, sino sólo el derecho a constituirse en Regiones autónomas o en comunidades autónomas, por lo que al promulgarse la Constitución no se sabía el número de las que iban a existir. También en la de 1873 existía un Senado igualitario en su composición, en la de 1931 no había Senado, y en la de 1978 el Senado no se compone exclusivamente por los representantes de las comunidades autónomas, ni el número de senadores es igual para todas las comunidades autónomas.

Las diferencias entre un Estado federal y un Estado autonómico son varias. El Estado federal sirve para unir lo que no esté unido, por ello sus componentes se denominan Estados, mientras que en el Estado autonómico el Estado existe con anterioridad a la Constitución de las regiones o comunidades autónomas. Además, las Constituciones de los estados federados las aprueban sus Parlamentos sin intervención de las Cortes, mientras que en el Estado autonómico los parlamentos regionales formulan una propuesta que ha de ser aprobada por las Cortes Generales. También es una diferencia importante la de que en el Estado federal las competencias de los estados federados vienen establecidas en la Constitución de la Federación, mientras que en el Estado autonómico se establecen en los Estatutos entre las que permite la Constitución. Asimismo, en la organización del Estado federal es fundamental la existencia de dos cámaras legislativas, una representante de los estados federados, mientras que en el Estado autonómico no es esencial la existencia de un Senado de representantes de las comunidades autónomas. En la Constitución de 1931 no había Senado.

Desde la proclamación de la idea del federalismo por el Partido Socialista, se han constituido comisiones de estudio sobre cómo pasar del Estado autonómico al Estado federal. Una de ellas, la Fundación Ciudadana y Valores (Funciva), ha dado a conocer recientemente sus conclusiones y entre ellas me ha llamado la atención la que reduce las 17 Comunidades autónomas a 10 estados federados en la única nación existente. Veo difícil que esta conclusión pueda llevarse a cabo.

Vale la pena examinar el programa electoral del PSC para las elecciones catalanas del 25 de noviembre. Pretende reformar la Constitución española y transformar el Estado de las autonomías en un Estado federal. Las competencias del Gobierno español serían la defensa, la representación exterior, la protección civil en caso de desastres que superen los límites de un territorio. De las Naciones federadas: la educación, la sanidad, la vivienda, la lengua, la cultura, el derecho civil, la justicia, la seguridad… Las competencias compartidas serían las menos posibles. La soberanía sería compartida entre Cataluña y España. Los catalanes pueden ejercer el derecho a decidir en un referéndum en el marco de la legalidad. En cuanto a la financiación, si Cataluña es el tercer territorio en aportaciones al Estado, debe ser tercero en recibir recursos por habitante.

En definitiva, se reducen enormemente las competencias del Estado y se aumentan las de Cataluña, entre ellas la justicia, se rompe la solidaridad interterritorial y el derecho a decidir se defiende sólo para los catalanes. Ello es difícil que prospere en una reforma constitucional, como ha defendido brillantemente Pedro Luis Serrera.

mardi 3 décembre 2013

Rafael de Labra y l´autonomía cubana

Un periódicu de la isla ofrecía: "Por saca-y los güeyos, 100 pesos; por parti-y el corazón d'una puñalada, 500"

07.11.2013 | 01:42
Rafael de Labra y l´autonomía cubana
Rafael de Labra y l´autonomía cubana

Rafael María de Labra Cadrana nació en L'Habana'l 12 de setiembre de 1841. Yera fíu de Ramón María, natural de Cangues d'Onís, y de Rafaela, natural de Xixón. So güelu maternu yera militar en Cuba y la familia marcha a la mayor de Les Antilles. Siendo ñeñu vien a Cádiz y Madrid, en cuya Universidá se llicencia en Filosofía y Lletres, y n'Uviéu de Derechu, siendo abogáu en 1860. Destaca pola so oratoria, y escribe "n'El Contemporáneo" y "La Discusión", y collabora na revista "Hispanoamericana", onde propón l'autonomía de Cuba.
Fue un gran activista de la Sociedá Abolicionista Española, fundada en 1865 por un grupu de peninsulares y antillanos, siendo presidente de la entidá ente 1868 y 1876; disolviose definitivamente en 1888 cuando se llogró erradicar la esclavitú n'España. Esta actitú clara que mantuvo en relación al abolicionismu tréxo-y grandes enemistaes en Cuba, inclusu un periódicu integrista abrió una soscripción pa premiar a quien llograse aniquilalu primero: "Por saca-y los güeyos, 100 pesos; por parti-y el corazón d'una puñalada, 500; por arrastralu, 1.000".
En 1871 fue escoyíu diputáu a Cortes por Infiestu, sin pertenecer a nengún partíu políticu, lo que-y permite actuar con gran independencia y llibertá, y consigue que s'apruebe nada menos que la llei d'abolición de la esclavitú por aclamación. En 1876 ye un de los fundadores de la Institución Llibre d'Enseñanza, de la que llega a ser reutor.
Labra defínese como republicanu independiente y, sobre tou, como autonomista, si bien darréu ingresó nel Partíu Centralista Republicanu, dirixíu por Salmerón.
Fue representante de Cuba nuna dómina difícil de tensiones y guerres. En 1871, cuando preparaba la so candidatura pa les nueves elecciones per Asturies, recibe la invitación de los reformistes portorriqueños qu'acepta deseguida. La carencia de representantes cubanos y la consideración de que les tesis portorriqueñes conveníen a la causa cubana emburriolu a presentase a les elecciones d'ultramar, siendo xefe de grupu nuna etapa hiperactiva.
Durante los próximos años el marxen de maniobra de los reformistes y lliberales ye escasu. Tres el tensu períodu de paz que trae'l Tratáu de Zanjón, cuyos acuerdos defende sin munchu ésitu Labra -lo que-y creó la enemistá con la mayoría conservadora cubana-, ingresa nel Partíu Autonomista, que col tiempu llamose Partíu Lliberal Autonomista.
Esti partíu plantea la idea autonomista como forma de resolver el conflictu en base a una modificación llegal que-y diese un ciertu autogobiernu al territoriu, y una serie de midíes aduaneres fundamentales que-y quitaría a España la supremacía nel comerciu cola isla.
Cuando n'España la guerra de 1895 a 1898 los autonomistes yeren verdaderos apestaos y les sos files menguaron enforma: unos incorporáronse a la nómina independentista, otros marcharon al exiliu... y dalgunos resistieron. A Rafael María de Labra vinieron-y delles de les mayores crítiques de los sos compatriotes asturianos, asina'l carlista Nicolás Rivero acusábalu de vender a España naquella dómina clave de Cuba, y Carlos Ciaño Canto, na so obra "Tipos y topos", ataca a Labra pola so postura sobre la esclavitú:
Labra, don Rafael María de
Le dieron los esclavos buen dinero,
y cuando el mundo entero
lanzó, lleno de enojo, el grito santo,
contra tanto baldón y escarnio tanto,
dijo alzando la cruz de la conquista:
"Soy abolicionista
porque es la libertad del hombre encanto.
¡Muera la esclavitud, viva el progreso!"
(Éste se comió el pan... y saca el queso).
Sin embargu, ente los españoles de la dómina Ciaño ve a una xente que ta a l'altura de los acontecimientos:
Arcos, don Ángel
Voluntarios: nuestra enseña
es noble, gloriosa, santa...
Si alguien el grito levanta
no andar con reparos, ¡leña!
A los autonomistes temíalos el "apóstol" de la revolución cubana, José Martí, y a ellos fueron bona parte de los esfuerzos. Resaltó Martí que los autonomistes qu'ingresaron nes llistes de la independencia, pero nun dixo nada de los miembros del Exércitu cubanu que se pasaron a la parte española: el brigada de Trinidá, Juan Masó Parra, los tenientes coroneles Benito Socorro y Rosendo García y los comandantes Victoriano Gómez, Marcelino Díaz y José Sánchez Agromonte y otros de menor graduación. Tamién volvieron exiliados cubanos en distintos países.
N'octubre de 1897 les autoridaes españolas piden al Partíu Autonomista que forme Gobiernu. Establezse rápidamente, siendo José María Gálvez el presidente, y la nueva Constitución autonómica aparez na "Gaceta" de L'Habana el 20 de diciembre. Labra nesi momentu representaba l'autonomía en Madrid.
En menos d'un añu foron munches les decisiones autonómiques averaes a los intereses cubanos, pero llegó tarde: en 1898 acabábase la guerra y los sos esfuerzos quedaron en nada. Rafael de Labra -que sería acusáu de ser un mal español- rechazaría una invitación de los cubanos pa dir a la isla d'esta manera:
"Por español fui autonomista; quixi evitar a la mio patria un gran dolor; tolos mios esfuerzos fueron inútiles (...). Yo nací español y español morreré".
En 1913 fue nomáu fíu adoptivu d'Uviéu, ciudá na que vivió -concretamente n'Abuli-, onde mandó construir una magnífica quinta d'indianos, tresformada un sieglu dempués en lluxosu restaurante que lleva'l so apellíu De Labra.
Morrió en Madrid el 16 d'abril de 1918, mientres ocupaba la presidencia del Atenéu.

mardi 29 janvier 2013

Deshaciendo mentiras: ¿Cómo se fabricó la identidad nacional cubana?

Cuba fue el último país de América hispana a obtener su independencia. Las razones fueron numerosas y aún no están todas perfectamente elucidadas. Como lo han señalado ya cuantiosos historiadores, salirse de la historia oficial resultaba complicado a principios de siglo. El análisis marxista que se impuso luego de 1959, acabó por reducir la historia oficial a una gesta ininterrumpida de cien años, que culminó en 1968 con el afincamiento de la nueva sociedad que se pretendía construir sobre bases sanas y posmodernas. En todo caso, algunos no dudan de tildar este proceso de trágico, pero lo cierto es que una sociedad sana no se construye, no puede construirse sobre mentiras.

Lo vemos en España, donde cada vez que se pretende hurgar en la memoria del pasado, la mayor parte del tiempo, no para hacer justicia, sino para comprenderlo mejor; se alzan los escudos del presente y la gritería vana. Pero por lo menos aquí se avanza, con encontronazos, resquemores, urticaria, pero se progresa. En Cuba en cambio, la doxa mantiene una férrea tenaza sobre las conciencias, para que la gente continúe pensando bobadas y pueda seguir manipulada al antojo de los que escriben la historia como una película americana o un cuento de hadas.

El leyenda de unos buenos patriotas abnegados, sacrificándolo todo por la patria resultaba indispensable, porque cuando se bajó la estatua de Isabel II fue necesario poner otras estrellas en la constelación de la nación nueva. Para ello, tras tantos años de agitación sobraban héroes. No hay mejor patriota que patriota muerto.

Pr Félix Varela
La historia es de todas las materias la más subversiva, porque de su interpretación y enseñanza no depende la verdad de los hechos sino toda la estructura de la conciencia nacional. Veamos lo que dice M. Iglesias Utset en un reciente artículo “la época se caracterizó por la participación activa de una élite de intelectuales, que colaborando con las autoridades de ocupación o enfrentándolas, auspició el debate público y la socialización de nociones e imágenes de pertenencia nacional[i] Construida pues y a sabiendas. La pregunta que se puede hacer entonces es ¿Qué parábola se introdujo en las conciencias y con que objeto?

La ocupación norteamericana aniquiló desde el principio el sueño independentista. Puesto que como se sabe, los cubanos quedaron excluidos cuando se zanjó la cuestión en París. No había que ser un perito para darse cuenta de este acto marcaba el final de la creencia, si es que alguna vez aquellas personas la tuvieron de verdad, de una Cuba independiente. 


José Antonio Saco
Expongamos rápidamente las razones de las dudas que expreso sobre la sinceridad de los actores de este "drama" que se jugó a puertas cerradas en 1899. Antonio Saco, a mediados de siglo, incómodo contra el anexionismo ambiente había claramente advertido refiriéndose a los norteamericanos “dentro de poco tiempo nos superarían en número, y la anexión, en último resultado sería absorción de Cuba por los Estados Unidos[ii]
 
Más claro ni el agua, ¿no? A finales del siglo XIX la inteligencia cubana estaba haciendo frente a la materialización de la cruda realidad vista por Saco tres décadas antes. Todas las advertencias de los intelectuales cubanos empezando por Félix Varela[iii]  se habían concretado “Los enormes gastos y lo que es más, el sacrificio de hombres que necesariamente ha de hacer la nación invasora, necesitan una recompensa, y una recompensa que la necesidad y la gratitud llevarán mucho más allá de los límites de la obligación” 


Los próceres reunidos en Asamblea debían haber consultado antes los documentos que contenían las palabras del a quel hombre de certero juicio, que sostenía en 1824 “El pueblo de la Isla de Cuba, en caso de ser independiente, debe constituirse. ¿Y lo hará mientras pise el territorio un corto número de soldados a quienes se les dará el nombre de ejército extranjero? La Constitución se dirá que es hija de la fuerza, que está formada bajo el influjo extranjero”.[iv]


Todas aquellas personas en lucha sabían entonces lo que sucedería y sin embargo no dudaron en favorecer la intervención. No sin mal aprobaría la Asamblea Constituyente la Enmienda Platt: 15 delegados se opusieron y dieciséis la aprobaron. Más tarde en 1902 el Tratado de Reciprocidad Comercial consolidó la dependencia económica de Cuba por los Estados Unidos.

El general Máximo Gómez  que fue el encargado por el ocupante de arriar la bandera en 1902, escribía en su diario de campaña “Nadie se explica la ocupación. Así como todo espíritu levantado, generoso y humano se explicaba y aun deseaba, la intervención[v]

Hubiera continuado peleando, digo yo si tan mal le sentaba tal estado de cosas, ya que disponía de un ejército que lo adoraba y se hubiera muerto por seguirle en la contienda. Pero esto no sucedió.


Debemos pensar que todos aquellos próceres aplicaron la quijotesca máxima de “lo mejor es no meneallo, Sancho” para que las cosas siguieran el cauce deseado, es decir el mejor para los negocios. Un reciente estudio de José Antonio Piqueras muestra con toda claridad lo que en realidad sucedió “Otros como Máximo Gómez, austero pero en absoluto instalado en la "honda miseria" que le atribuía el pueblo, entraron en un cómodo retiro[vi]

Con los haberes percibidos, los generales y jefes del Ejército Libertador restablecieron sus antiguas propiedades agrícolas o las fundaron. Sin embargo el procedimiento más frecuente para vincular a los jefes y generales pasó por el donativo de los hacendados y de las compañías azucareras extranjeras[vii]

En resumen, una gran parte de aquella gentuza vendió la patria por dinero. Veamos como lo demuestra implacable Piqueras: “De los 84 generales y coroneles del Ejército Libertador de la provincia de Oriente sobre los que se tiene noticia, en 36 casos se dedicaron a negocios agrícolas después de 1899[viii].

Sin embargo, una solución de consenso, que de haber funcionado, hubiera evitado la invasión existía en aquel entonces. 

Los decretos de noviembre de 1897, acordaban la autonomía a la isla de Cuba y a Puerto Rico. El gobierno autonómico se puso a trabajar el 1 de enero de 1897, pero desde el principio se enfrentó al rechazo de las fuerzas rebeldes que esperaban “y aun deseaban la intervención” según palabras de Máximo Gómez, el Generalísimo. Una intervención que conduciría a la ocupación, como ya se ha demostrado sobradamente en este artículo.


La concesión de la autonomía tuvo una gran influencia entre las filas rebeldes, de hecho el general Calixto García la tildaba de "ponzoña", reconociendo que “llegó a producir sus efectos malsanos hasta en los mismos campos libres de Cuba[ix] Para contrarrestarla no encontraron nada mejor que poner de nuevo en vigor el decreto Spotorno -promulgado durante la Guerra de los Diez Años- que establecía la ejecución sumaria de aquellos emisarios españoles o cubanos que hicieran ofertas de paz.

el Presidente de los EE.UU McKinley
Pero nuestros “patriotas”  que “deseaban”  tanto la intervención, desoyendo los consejos de la razón, no fueron los únicos responsables. Los españoles del Casino agrupados en el partido Unión Constitucional, conociendo  perfectamente las intenciones de los Estados Unidos, también se opusieron, clavándole a aquel gobierno una puñalada mortal, pues los disturbios en la capital del 12 de enero entre integristas peninsulares y oficiales del ejército español, impulsados por ese poderoso grupo de influencia, acabaron desacreditándolo. Este fue precisamente el pretexto que estaba buscando el presidente norteamericano McKinley para enviar un barco de guerra a La Habana, el Maine. 

El resto ya es historia.

La identidad cubana no existe, es un engaño, una ficción colectiva fabricada a principios del siglo XX. Si los insurrectos y los españoles unionistas hubiesen apoyado al gobierno autonómico, en Cuba no habría tenido lugar nada de lo que ocurrió después y por supuesto, el castrismo simplemente no hubiera existido jamás.



[i] Cultura política popular, « choteo » y nacionalismo en  tiempos de la primera intervención norteamericana en Cuba. Cuba in the world, the world in Cuba. Firenze University Press. 2009.
[ii] Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos. José Antonio Saco. Documentos para la historia de Cuba. Hortensia Pichardo. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1977
[iii] Paralelo entre la revolución que puede formarse en la Isla de Cuba por sus mismo habitantes, y la que se formará por la invasión de tropas extranjeras. El Habanero. Papel político científico y literario. Filadelfia, 1824.
[iv] idem
[v] P. 537, ibidem
[vi] Sus haberes de guerra ascendían a 20.000 pesos, según la listas reproducidas por Robert P. Porter, Report on the comercial and industrial condition. Sociedad civil y poder en Cuba José A. Piqueras, siglo XXI, 2004.
[vii] Obra citada. P.284.
[viii] Jorge Ibarra, Cuba : 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, p. 194.
[ix] Agustín Sánchez. Entre la espada y la pared. Revista Mexicana del Caribe, vol VIII, número 016. pp 7-41