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samedi 4 avril 2015

Un combate de ideas en el siglo XIX: José Martí y el autonomismo



Un combate de ideas en el siglo XIX: José Martí y el autonomismo
Un combate de ideas en el siglo XIX:
 José Martí y el autonomismo
Es imprescindible, si se quiere lograr un análisis exhaustivo del fenómeno autonomista, y de la respuesta que encontró en los seguidores irreductibles de la vía independentista, remitirse al pensamiento martiano. José Martí encarnó las posiciones más avanzadas del pensamiento democrático radical cubano de su tiempo, no por casualidad sus ideas signaron proverbialmente la lucha revolucionaria y progresista de Cuba y del resto de los países latinoamericanos durante muchos años. En la actualidad, su pensamiento es aún estandarte de lid. 
Martí tuvo una total comprensión de la necesidad del debate de ideas como vía para que el proyecto revolucionario y los lineamientos generales del modelo de república al que aspiraba, y consideraba viable y necesario en nuestras condiciones históricas, pudieran ser concientizados por las masas humildes que, a su juicio, debían dirigir la revolución. Sabía que a la práctica revolucionaria debía anteceder una enconada lucha de pensamiento, como antesala indispensable para la reorganización política e ideológica y militar de las fuerzas revolucionarias. Asimismo, entendía necesario ganar el sentimiento patriótico, y a la vez, la conciencia de los más amplios sectores de la población. Era también de importancia ir anulando las dudas sobre la posibilidad de la victoria militar, a pesar del fatídico recuerdo de los fracasos anteriores. A su vez, se hacía vital la unidad de las distintas tendencias dentro del movimiento patriótico y en fin, que se generalizara el convencimiento de la capacidad de los cubanos para el gobierno propio. Por tales motivos, en su ardua labor organizativa de la nueva acometida mambisa, Martí dedicó una significativa parte de su tiempo, para referirse al autonomismo, trasmitiendo en sus discursos, escritos y cartas: análisis, valoraciones y críticas profundas respecto a esta corriente política. Se percataba de que el autonomismo podría convertirse en un poderoso dique de contención frente al ideal independentista. A sus preocupaciones se le añadía, su acertada valoración de lo ponzoñoso que resultaba para la causa revolucionaria, que  los autonomistas gozaran de la ventajosa posición de desplegar su labor propagandística al interior de la Isla, mientras que su radio de acción quedaba restringido fundamentalmente a la emigración cubana. Conocía muy bien que las figuras más egregias del autonomismo: Rafael Montoro, Eliseo Giberga, Antonio Govín, Rafael Fernández de Castro, etc, eran prestigiosos intelectuales y que, sus excelsas aptitudes para hacer vibrar las sensibilidades de los cubanos desde los púlpitos, podía devenir en la suma de simpatías a su bandera política en desmedro de la causa redentora. Ante tal situación, Martí justipreciaba que los autonomistas resultaban mucho más perniciosos que los anexionistas y los propios integristas. Hacia esta corriente política quedó entonces enfocada la mayor parte de su artillería ideológica.

El 21 de abril de 1879, encontrándose Martí en la Isla conspirando por un nuevo estallido revolucionario, fue invitado a un banquete que el Partido Liberal le ofreció en los altos del Louvre al periodista Adolfo Márquez Sterling, director del periódico La Libertad. El “Sinsonte del Liceo de Guanabacoa”, como le llamaban por su elocuencia, tuvo allí la posibilidad de mostrar su inmensa valentía política y sus excelentes dotes como orador dentro de la misma patulea autonomista:

“...por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana. Pero si, entrando por senda tortuosa, nos planteamos con todos sus elementos el problema no llegando por lo tanto a soluciones inmediatas definidas y concretas; si olvidamos como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser más que voces de la patria disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como el domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana”. (1)

Después de electrizado el auditorio ante las hermosas palabras de Martí, estallaron los aplausos, que fueron una transacción entre la cortesía y la disciplina del partido. José María Gálvez, presidente de la organización autonómica, inmediatamente pasó un recado discreto a Montoro, y este se levantó a contestar. Se produjo entonces el duelo entre dos de las mentes más ilustradas de la época, pródigos en el arte de la palabra. El ideólogo del partido defendió entonces las proyecciones de la organización en la que con orgullo militaba, y a partir de este momento, los campos quedaron dramáticamente escindidos. (2)

No sería muy difícil para Martí desentrañar, con mucho juicio, la mezquina defensa de intereses económicos dentro del movimiento autonomista como una de las causas primordiales que condicionaba su actuación política. De lo que se percataba no era más que el basamento clasista del autonomismo. Sabía que el sector que lo conformaba,  esencialmente los de su cúpula dirigente, convertida en hegemónica desde sus inicios, cuando centralizó de forma férrea la dirección del Partido; se aferraban al mantenimiento o satisfacción de intereses clasistas, uno de los motivos reales por el que condenaban la vía insurreccional como solución para Cuba. Temían a una verdadera revolución de amplio contenido social, que pusiera en peligro nuevamente sus riquezas e intereses, ya afectados durante la pasada insurrección. A su vez, veían con rechazo una guerra independentista que podía afectar, según ellos, la aspiración de alcanzar el advenimiento de un capitalismo desarrollado. Esto fue así, aún en los momentos en que se hacía más que evidente que no había otra opción que la ruptura definitiva con España y el sentir de la mayoría de los cubanos se inclinaba hacia la vía emancipadora.

Para Martí, “el deber de procurar el bien mayor de un grupo de hijos del país”, no podía ser superior “al deber de procurar el bien de todos los hijos del país”. (3) No era para él, la caja lo que había que defender, “ni con poner en paz el débito y el crédito, o con capitanear de palaciegos unas cuantas docenas de criollos”, se acallaba “el ansia de conquistar un régimen de dignidad y de justicia”. (4)

La nación que ensoñaba Martí, “Con todos y para el bien de todos”, nada tenía que ver con la que aspiraban los personeros del autonomismo, en la cual  los intereses de un solo sector de la población cubana encontrarían complacencia. Después de una “conmoción tan honda y ruda” como lo fue la Guerra de los Diez Años, decía Martí, los autonomistas se equivocaban al pensar que podían ser “bases duraderas” para calmar la agitación: “el aplazamiento, la fuerza y el engaño”. Los criticaba por tratar de elevar a “categoría de soluciones, que para ser salvadoras” habían de ser generales y satisfacer al mayor número de cubanos, sus “aspiraciones acomodaticias sin precedente y sin probabilidad de éxito” y por negarse a poner sus “manos sobre las fibras reales de la patria, para sentirlas vibrar y gemir”, cerrando “airados los oídos” y cubriéndose “espantados los ojos, para no ver los problemas verdaderos”. (5)
Sin embargo, Martí distinguía muy bien los diferentes elementos que componían el Partido Autonomista. Reconocía dentro de su membresía, no solo a los que actuaban según intereses económicos, y por tanto defensores a ultranza de una solución inoperante en aquellas circunstancias históricas, sino también a los cubanos que tenían un pensamiento patriótico y progresista dentro de sus filas y que auguraban en el autonomismo una vía para el adelanto de la nación, a los independentistas que esperaban la hora de volver a la manigua, a los que francamente creían que España podía hacer concesiones honorables a la Isla y a los que con honestidad no eran partidarios de una guerra, por las terribles consecuencias que provocaría:

“Honra y respeto merece el cubano que crea sinceramente que de España nos puede venir un remedio durable y esencial, - porque hay uno, o dos, cubanos que lo creen: honra y respeto al que, en la certidumbre de que un pueblo no ha de disponerse a los horrores de la guerra por el convite romántico de un héroe frustrado, dirija su política (…) Al que se engañe de buena fe, y al que se prepare, sin traición a la política de paz insegura, para atender con el menor desconcierto posible a las consecuencias naturales, en un pueblo empobrecido e infeliz, del fracaso de una tentativa de paz tan inútil como sincera, honra y respeto. Pero al que finja, blanqueando el corazón, aquella creencia en el remedio imposible que afloja las fuerzas indispensables para el remedio final; al que prefiere su bien inseguro, impuro, al servicio franco de la Patria, o contribuye con su silencio y su favor,….; al que oculta sabiendo la verdad, y promete lo que no cree, con labios prostituidos, y pretende demorar la obra sana  de la indignación, …, a esos enemigos de la república, a esos aliados convictos del gobierno opresor, ¡ ni honra ni respeto! (6)

Es sabido que la política oficial de la organización autonómica respecto a la independencia fue de condena total, pero no se quedó ahí, sino que prestaron un servil apoyo al gobierno español en su combate por extirpar de raíz la revolución. Así lo hicieron durante la Guerra Chiquita y frente a los distintos intentos separatistas que se produjeron durante el período fraguador. A esto se refería Martí cuando decía que: “ni por su espíritu, ni por su constitución, ni por sus prácticas y relaciones, ni por la fe en la paz española de algunos de sus miembros, ni por la lealtad de unos y el miedo de otros”, (7) se había puesto el Partido Autonomista a favor de la solución radical, sino que su objetivo fue siempre enterrarla.

Martí insistía continuamente en la importancia, la inevitabilidad y la necesidad de una nueva contienda para resolver las urgencias del país, y por demás, la única forma de llegar a la raíz del problema. La guerra era “por desdicha el único medio de rescatar a la patria de la persecución y el hambre;…” (8)

Asimismo, para El Apóstol, eran inadmisibles las soluciones intermedias, desde pequeño había resuelto el dilema planteado: “Yara o Madrid”, eligiendo con plena convicción y total entereza la entrega total a la causa redentora; lo que devino luego en su bregar incansable por acreditar la revolución, explicando sus causas, su necesidad, procedimientos, fines, errores cometidos y los previsibles. Por suma, el argumento fundamental de la Revolución lo apreciaba en la incapacidad de España en conceder “el sistema ineficaz de la autonomía en el plazo en que pueden esperarlo sin estallar la dignidad y la miseria de Cuba,…” (9)

Para Martí, era evidente la taimada actitud de las autoridades metropolitanas que pretendían suavizar con reformas vacuas el descontento desembozado que se vislumbraba en el pueblo antillano. Lo hacían según él, con la intención de mitigar el peligro de un nuevo estallido independentista, que se acrecentaba por las labores que desplegaba el Partido Revolucionario Cubano en la emigración:

 “ ¿Y cuándo, sino cuando está la revolución a puerta; cuándo, sino por la virtud y poder de los partidarios de la revolución; cuándo, sino por la necesidad apremiante de quitar vigor a la idea de guerra en la isla, que las emigraciones impulsan y apremian; cuándo, sino por esta espuela que llevamos los emigrados al talón; cuando, sino por el miedo que inspira al gobierno nuestra ordenación revolucionaria obtendría Cuba, de la metrópoli que aún después de diez años se burla de ella, esas migajas de apariencia con los que da a los tímidos pretexto para acatar y con los que ya no puede engañar a la isla escarmentada? (10)

Paralelamente, Martí divulgaba sus reflexiones, de que hasta la base legal en la que los  autonomistas erigían su labor y sus súplicas indignas al gobierno español, no eran más que un corolario de la propia revolución, y que la metrópoli mudaba únicamente su política, cuando el peligro de una nueva llama insurreccional se sentía quemándole los pies.
Los autonomistas, principalmente los de su cenáculo directivo, se empeñaron en la espera agónica de que España cediera a sus reclamos, cerrando los ojos ante una patria que se desangraba, víctima de un colonialismo salvaje y expoliador, que no tenía, ni podía conceder absolutamente nada, pues el entramado de intereses de la metrópoli, de los sectores y grupos privilegiados peninsulares y la oligarquía españolista de la Isla, no se lo permitía. Esto sin contar que en la mayoría de los sectores gubernamentales españoles, la autonomía era vista como una forma solapada de buscar la independencia.

Martí, conocedor de esa realidad cubana y a la vez, de los intereses que se movían en la Península, por el tiempo que vivió en ella exiliado, no desaprovecha oportunidad para referirse a la  inviabilidad de la autonomía. Consideraba que era una solución que no iba a la esencia del problema isleño e impracticable bajo las cadenas coloniales metropolitanas. Estaba convencido de que había que llegar a la raíz del problema cubano, y la única manera de hacerlo era alcanzando la libertad sin cortapisas:

“Si la revolución tuviese por objeto mudar de manos el poder habitual de Cuba, o cambiar las formas más que las esencias, caería naturalmente la obra revolucionaria en los que, por profesión o simpatía o liga de intereses, están entre los habitantes de la isla, abocados al ejercicio del poder (…). Rudo como es el refrán de los esclavos de Luisiana, es toda una lección de Estado, y pudiera ser el lema de una revolución: “Con recortarle las orejas a un mulo, no se le hace caballo” (…) Ni dentro de la ley, ni dentro de su esperanza agonizante, ni dentro de su composición real, podría más el partido autonomista, ni insinúa más, que reconocer la ineficacia de impetrar de España, con la sumisión que convida al desdén, una suma de libertades incompatibles con el carácter, los hábitos y las necesidades de la política española”. (11)

Estas ideas saltan a la vista en muchos de los escritos y discursos que se conservan de Martí. Los remedios, a su entender, eran impotentes cuando no se calculaban en relación con la fuerza y la urgencia de las enfermedades. La pelea lenta y sin cesar burlada de los autonomistas no hacía otra cosa que entretener al pueblo cubano sin resolver sus verdaderos problemas. (12)

Creía el Apóstol que Cuba no tenía que lograr autonomía, como las  colonias inglesas, para convencerse, como lo estaban ellas, de que la autonomía era insuficiente y tenía necesariamente que ceder, bajo la fuerza de las circunstancias, ante la solución independentista. (13)

Ante la actitud cómoda y sumisa de los autonomistas más recalcitrantes, la respuesta martiana fue siempre enérgica:

“¿Qué esperan esos hombres que afectan esperar todavía algo de sus dueños? ¡Oh! Yo no he visto mejillas más abofeteadas, yo no he visto una ira más desafiada; yo no he visto una provocación más atrevida… ¿Qué afectan esperar, cuando con desdeñosa complacencia, no perdonan sus dueños ocasión de repetirles que no cabe pedir allí donde se ha de tener por entendido que no hay nada ya que conceder? (14)

Sin embargo, Martí no cerró nunca las puertas a los autonomistas que quisieron unirse a la revolución. A su entender, eran hombres que seguían un camino equívoco, pero que había que contar con ellos para construir la República a la que aspiraba al terminar el conflicto bélico. No por casualidad en agosto de 1889, cuando Montoro y Giberga pasan por Nueva York, en tránsito hacia Cuba, después de haber librado una de sus batallas elocuentes e inútiles en las cortes españolas, Martí se dirige al hotel a cumplimentarlos. (15) Para él, los autonomistas por su derecho pleno de cubanos podían y debían unirse a la obra revolucionaria. La patria cubana como concepto martiano, tenía una relevancia vital que trascendía toda enemistad política con los autonomistas. Se trataba de sumar voluntades, no de restarlas. Sus ideas al respecto no dejan dudas de esta intención:

“Es grato esperar, por el ardimiento propio del corazón del hombre y por los consejos de un justo interés, que estén juntos en la hora definitiva de crear la república, los confesos de la política pacífica y los preparadores de la guerra inevitable”. (16)
En su discurso del 10 de octubre de 1891, pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, retoma estos criterios:

“…ni blandimos el marchamo para señalar las frentes culpables del terrible desorden espiritual, ni le señalamos con manos rencorosas la agonía de un pueblo que pudo mantenerse, y se debió mantener, en la campaña de la prudencia, disciplinado para la de la resolución; sino que abrimos los brazos, pensando solo en que somos pocos, aún cuando fuésemos todos, para reparar el tiempo perdido, para encender en la fe nueva los ánimos vibrantes...” (17)

Un ejemplo muy ilustrativo de la excepcional capacidad política de Martí, en su lucha por organizar la nueva contienda independentista, se produjo cuando al regresar Enrique Loynaz del Castillo a New York, después del fracaso de su intento de desembarcar un cargamento de armas por Nuevitas, debido a la delación de Antonio Aguilera, miembro de la junta autonomista de Camagüey; se dispuso a contestar a las calumnias, que sobre su persona estaba esgrimiendo la propaganda autonomista. Para este fin, redactó un manifiesto que circuló con fecha 30 de abril de 1894 en la emigración y en la Isla. Este documento según testimonio del propio Loynaz del Castillo, (18) fue leído dos veces a Martí antes de darlo a la imprenta, el cual quiso se le suprimieran algunas palabras que le parecían muy duras, por más que Loynaz creía que se las merecían los autonomistas. Al utilizar la frase “el horror de su conducta”, Martí corrigió “horror por error”. Ni una sílaba que hiriera a los adversarios, que también eran hijos de Cuba. El ataque debía centrarse contra su propaganda, no debía ser personal.

Su labor aglutinadora, abierta a incluir a los autonomistas, también la podemos percibir en su artículo “El Lenguaje reciente de ciertos autonomistas” publicado en Patria en 1894, cuando profirió a través de brillantes líneas: “El templo está abierto, y la alfombra está al entrar, para que dejen en ella la sandalias los que anduvieron por el fango, o se equivocaron de camino”. (19)

Martí vislumbró, como gran estadista que era, cuál iba a ser el destino del Partido Autonomista y de sus seguidores. Manifestaba que a la hora del estallido revolucionario, muchos autonomistas irían a parar a la manigua, mientras que sus más connotados y fieles representantes se unirían a España o terminarían en la emigración: “La masa sana, que siguió siempre al autonomismo porque creyó que con él se iba a la independencia, se irá entera a la revolución”. (20)

Valorando la situación en que se encontraba el Partido Autonomista en septiembre de 1894, Martí enfatizaba:

“Pero el autonomismo, como organización política, y como entidad actual de Cuba, ha cesado ya de existir, y solo entraría a la vida real si obedeciendo a la voluntad clara del país, la encabezase en vez de echarla en brazos de sus opresores. Desertado en Oriente, vencido ya en la conciencia camagüeyana, que un día lo ayudó de buena fe; reducido en Las Villas al aplauso curioso de los teatros incrédulos; postergado en occidente, que es donde más pudiera fungir…” (21)

De esta manera, Martí refleja la crítica situación en que se encontraba el Partido Autonomista en los preludios de la nueva arremetida independentista. Se había convertido en un partido escuálido, de minorías, que se oponía a la voluntad, al sentir y a los intereses de la mayoría de los cubanos. Por tal razón, para aquel tiempo se indignaba de pensar que aún hubiera autonomistas que permanecieran dóciles al compás de una política insuficiente, a pesar de no haber recibido más que agravios del gobierno español:

“A silbidos ha echado España del Congreso la autonomía de Cuba. A balazos, dice el jefe del gobierno español que echará atrás la autonomía. Ya no hay en Cuba autonomistas. No los debe haber. El honor no permite que los haya.” (22)

Pero ya desde su discurso del 10 de octubre de 1889 en el Hardman Hall de Nueva York, Martí se había referido a lo errado del camino que seguían los autonomistas y manifestado sus juicios más claviridentes sobre el papel histórico de esta corriente política:

“No es que no debió existir el partido de la paz, sino que no existe como debe, ni para lo que debe. Es que jamás ha cumplido con su misión, por el error de su nacimiento híbrido, por la falta de grandeza en las miras. Es que no abarca en la lucha del país contra sus opresores, todos los elementos del país. Es que no ha podido allegarse a las fuerzas indispensables para el triunfo, ni para el goce pacífico de él, ni para la vida sana de la patria, aún dentro de la libertad incompleta, o desdeña el trato verás con todos aquellos que se hubieran puesto del lado de la libertad contra España, si hubiese citado a la guerra común por la libertad, como debió citar, a los que por culpa de España padecen como nosotros de falta de libertad, (…)  Es que el Partido Autonomista por su debilidad, su estrechez y su imprevisión, ha hecho mayores los peligros de la patria” (23)

Según él, jamás había sido el Partido Autonomista, como algunos cándidos propalaban, el partido de la evolución:

“..., dábase el caso singular de que los que proclamaban el dogma político de la evolución eran meros retrógrados, que mantenían para un pueblo formado en la revolución las soluciones imaginadas antes de ella, y que los que en silencio respetuoso les permitían el pleno ensayo de su sistema inútil, eran, aunque acusados de enemigos de la evolución, los verdaderos evolucionarios” (24)

Para Martí, la falta mayor de los presupuestos teóricos de los autonomistas, fue su desconfianza en las condiciones y capacidades de los cubanos para emprender un camino independiente. Los cambios demográficos, políticos, económicos y sociales del país, planteados por el Partido Autonomista, suponían el reconocimiento de los paradigmas de la ideología liberal en el continente. La creación de un país moderno, racialmente homogéneo o al menos predominantemente blanco, nutrido de una amplia clase media de hacendados criollos y de emigrantes de origen europeo ligado a Europa por vínculos con la metrópoli española que avalara su seguridad y autogobierno, y económicamente enlazado a América por vínculos económicos con Estados Unidos que permitieran su prosperidad, fue interpretado por Martí como una absurda utopía carente de realismo y sensatez. Imposible de llevar a efecto en la práctica. (25) 

Estas y muchas otras aristas, que pudieran abordarse sobre el pensamiento martiano con respecto al autonomismo, son de extraordinaria importancia para lograr un mayor acercamiento a esta corriente política que irrumpió en la segunda mitad de la centuria decimonónica cubana, como una vía que confrontaba peligrosamente los postulados independentistas. Esto fue vislumbrado por Martí desde fecha muy temprana y por tal motivo se detuvo con regularidad a analizar este movimiento, para poder combatirlo con la fuerza de su pensamiento. El impetuoso combate ideológico desarrollado por Martí en la emigración frente a las ideas autonomistas, ayudó a que muchos cubanos desentrañaran el basamento clasista que caracterizó a la agrupación política, su inoperancia histórica, la heterogeneidad de sus filas y su ostensible antindependentismo. Asimismo, contribuyó a encumbrar la solución independentista como el único derrotero posible a seguir para resolver los males de Cuba, encaminado a la coronación de una nación pletórica de dignidad, libertad y justicia.

No fue necesario para Martí que sus ideas sobre el autonomismo llegaran a Cuba, para que el sentimiento mayoritario del país se inclinara hacia la independencia. La propia rigidez y brutalidad del colonialismo español hizo más contra el autonomismo al interior de la Isla, que la  labor ideológica del Apóstol, la cual solo tuvo una notable circulación entre los emigrados cubanos. No obstante, en su incansable lucha contra quienes fueron son más dignos rivales en el campo de las ideas, José Martí aportó a nuestro proceso histórico, la importante experiencia de lo trascendental de la labor ideológica en una causa revolucionaria.

Notas
(1)José Martí: Discurso en los altos del Louvre, La Habana, 21 de abril de 1879, en: Obras Completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975. t.4. p. 178 (Y Martí, según se dice, unió a sus palabras la acción de quebrar su copa)
(2)Mañach, Jorge: Martí. El Apóstol. La Habana. Editorial de Ciencias Sociales, 1990. p.1 03.
(3)José Martí: “La Política”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 335-336.
(4)José Martí: “Autonomismo e Independencia”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 355.
(5)José Martí: Discurso en Steck Hall, New York, 24 de enero de 1880, en: Discursos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. p. 56.
(6)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1889, en: Ob. cit., pp. 96-97.
(7)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1.  p. 233.
(8)José Martí: Discurso en el Masonic Temple, New York, 10 de octubre de 1887, en: Ob. cit., p. 78.
(9)Ibídem., p.195.
(10)José Martí: “¿Conque consejos y promesas de autonomía?”, Patria, New York, 1893, en: Ob. cit., t.2. pp. 288-289.
(11)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. pp. 332-333.
(12)José Martí: “Política Insuficiente”, Patria, New York, 1893, en: Ob. cit., t.2. pp. 193-195.
(13)José Martí: “Los Cubanos de Ocala”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.2. pp. 50-51.
(14)José Martí: Discurso en Steck Hall, 24 de enero de 1880, en: Ob. cit., p. 63.
(15)Ver: Mañach, Jorge en: Ob. cit., pp. 171-172.
(16)José Martí: “La agitación autonomista”, Patria, New York, 1892, en: Ob. cit., t.1. p. 333.
(17)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1891, en: Ob. cit., p. 140.
(18)Ver: Loynaz del Castillo, Enrique. Memorias de la Guerra. LaHabana: Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989. p. 80.
(19)José Martí: “El lenguaje reciente de ciertos autonomistas”, Patria, New York, 1894, en: Ob. cit., t.3. p. 266.
(20)José Martí: Ibídem., t.3. p. 265.
(21)Ibídem., p. 264.
(22)José Martí: “Las Reformas en Cuba”, Patria, New York, 1894, en: Ob. cit., t. 3. p. 426.
(23)José Martí: “Discurso en Hardman Hall, New York, 10 de octubre de 1889”, en: Ob. cit., p. 100.
(24)José Martí: Discurso en Hardman Hall, New York, 31 de enero de 1893, en: Ob. cit., p. 195.
(25)Alejandro Sebazco: “José Martí y el Autonomismo: Dos alternativas de la nacionalidad cubana”. En: Ob. cit.,  pp. 168-169.

mercredi 28 janvier 2015

Sufrir no es gozar

No; sufrir no es gozar. Es sufrir. Y que sufra el que quiera, y a su placer, pero que no se lo imponga a nadie.

Todo lo anterior nos conduce irremediablemente a un juego de hipótesis: de haber quedado con vida tras la independencia, ¿cuál crees que hubiera sido el posicionamiento de Martí de cara a esa República de virtuosos que tanto le obsesionaba?

¿Hablas de su posicionamiento frente a la Revolución Cubana? Porque esa es la realización cabal, fatal, del sueño martiano. Me refiero a lo de la comunidad ética, abocada a exclusiones infinitas: gusanos, lacras sociales, antisociales, contrarrevolucionarios, vendepatrias. Pero solo hasta ahí. Es decir, limito la aceptación de Martí a la noción de mantener limpia "la casita". Sin embargo, todo sugiere que Martí se hubiera opuesto a la eliminación de la propiedad privada. Y en cuanto al comunismo o al socialismo, ni soñarlo.
De manera que Martí también se hubiera virado, más temprano que tarde, contra la revolución cubana. Pasa como con Jesús en los Estados Unidos: que si se aparece ahora a predicar en un mall, lo crucifican. Y hacen de eso un reality show. Si el Martí del Parque Central de pronto empezara a agitar los brazos y a predicar otra revolución, pondrían el mármol con toda su pureza frente al paredón de fusilamiento.
La hipótesis implica que primero la "República de virtuosos" que, como dices, "tanto le obsesionaba", pudiera realizarse no en parte, sino a cabalidad. La tentación de realizar ese sueño podría ser la pesadilla última de la historia de Cuba. Sé que alguien dirá: "pero si ya llegamos". No, la revolución cubana es lo más cerca que hemos estado de realizar ese sueño. Pero todavía podemos llegar más lejos.
El problema es no hacer de la tragedia de Martí, de su pathos, una farsa. Porque en Martí hay una tragedia real, espantosa, atroz, que tiene consecuencias políticas no menos atroces. Pero no se puede negar la cesura, la fragmentación que —no tengo la menor duda— se originó en la relación con el padre. No considero a Martí un villano o un malvado al calco de los comics. Si se repasa lo privado, lo que no publicó en vida —los Versos libres, sobre todo— se verá que hay lugar para la duda, e incluso para el autoescarnecimiento.
Por eso la película de Fernando Pérez es, al mismo tiempo, dolorosa de mirar y perturbadora para el pensamiento. De ese Martí de mirada oblicua, sesgada, desgarrado entre Mariano y Mendive, zarandeado por violencias que se las daban de justas, ¿qué podía salir? No estoy diciendo que puede justificarse lo que encontré, pero tampoco quiero que se piense que yo mismo me siento moralmente por encima de él o de nadie.
Creo que lo mejor sería cambiar nuestra relación con él. Si se lo compadece —sin sentirnos por ello superiores, es decir, al tiempo que nos compadecemos a nosotros mismos— podríamos tener otro tipo de conversación con él. Todo, absolutamente todo, menos la culpa. No más deudas. En todo caso, nuestra deuda, más que con Martí, es con aquellos que pisoteó. Nos debemos más cariño y menos rencores.
Por eso creo posible una reconciliación, solo que no basada en el olvido. A lo que hay que renunciar es a la viabilidad política de Martí que solo puede llevarnos a más dolor y a otros desahucios. Porque "la casita" nunca estará definitivamente limpia. La Cuba que llevaba en el dedo estaba hecha con la cadena del presidio. Eso lo dice todo. No; sufrir no es gozar. Es sufrir. Y que sufra el que quiera, y a su placer, pero que no se lo imponga a nadie.

Entrevista a Francisco Morán de obligada lectura.

vendredi 23 mai 2014

José Martí no era una mansa paloma.

Al contrario, su locura secesionista terminó en un baño de sangre y en la actual ruina de Cuba.


A continuación presentamos una de las circulares emitida por José Martí y Máximo Gómez desde los campos de Cuba en plena Guerra de Independencia. Esta circular fue escrita el 26 de abril de 1895 en el campamento de Igunabo y ordenaba fusilar a todos aquellos que se opusieran a la guerra.


Cuartel General en Campaña.


La Isla de Cuba, en virtud del trabajo general y respetuoso que inició el Partido Revolucionario Cubano se ha levantado de su libre voluntad después de largo y previo acuerdo, con el apoyo ordenado del exterior, para conquistar, con una guerra enemiga de la devastación innecesaria y de la violencia inútil, su independencia absoluta de la dominación española.

Jamás la revolución que ha estallado en Cuba pensó en admitir ni oír siquiera, -por la incapacidad radical de España y por la insuficiencia patente para Cuba del mayor extremo de libertad española, proposición alguna de España, directa o indirecta, que tendiese a abatir las armas cubanas con algo menos que con el reconocimiento de la independencia del país.

Cuantos brazos se han alzado para extirpar el gobierno extranjero, han firmado antes la obligación de sustentar, hasta caer, la guerra por la independencia definitiva.

Un pueblo americano como Cuba, con carácter y elementos de vida propios, capaz de gobernarse por la cultura y laboriosidad de sus hijos, y unificados después de la esclavitud en el sacrificio de la guerra, no puede continuar en la servidumbre innecesaria de un pueblo lejano como el español, de espíritu diverso, abocado a una división próxima y cuya viciosa existencia nacional depende principalmente de la explotación pública y secreta de nuestra Isla.

Meros cambios del nombre de los Consejos españoles del gobierno en Cuba, ni ninguna otra reforma, pueden mudar el hecho innegable de la absoluta ineptitud de España para privarse de los recursos pingües que por vías públicas o individuales, tan corrompidas como corruptoras, deriva de la Isla.

La ayuda lamentable de un grupo escaso de cubanos al propósito español de reducir o localizar la guerra suponiéndola, por labios serviciales de hijos del país, tendencias locales o de otra especie indignas de refutación, y radicalmente diversas del espíritu vasto y grandioso que le conocen de sobra los que de público lo niegan, no es más que un error tan punible como será oportuno el arrepentimiento de él, o la resistencia natural, y siempre arrollada, de los hombres tímidos al sacrificio, y de los hombres egoístas a los deberes de la humanidad.

Ni el gobierno de España, ni nadie en su nombre, puede ofrecer sinceramente a Cuba concesiones que España por su Constitución nacional, no puede confirmar, que en su mayor extensión no bastaría a las dotes superiores y al grado de desarrollo del país, y que sólo con indignación, y como insulto verdadero, puede oír la dignidad cubana.

La guerra por la independencia de un pueblo útil y por el decoro de los hombres vejados, es una guerra sagrada, y la creación del pueblo libre que con ella se conquista es un servicio universal. El que pretende detener con engaño la guerra de independencia, comete un crimen.

En esta virtud, la Revolución, por sus representantes electos, vigentes hasta que ella se dé nuevos poderes, en descargo de su deber intima a Vd. que en el caso de que en cualquier forma y por cualquier persona se le presenten proposiciones de rendición, cesación de hostilidades o arreglo que no sea el reconocimiento de la independencia absoluta de Cuba, -cuyas proposiciones ofensivas y nulas no pueden ser más que un ardid de guerra para aislar o perturbar la Revolución,- castigue Vd. sumariamente este delito con la pena asignada a los traidores a la Patria.

Saludan a Vd. y a las fuerzas a su mando en Patria y Libertad.


El Delegado                                                                         El General en Jefe
José Martí                                                                           Máximo Gómez

samedi 12 avril 2014

Eféméride: 11 de abril, desembarco de Máximo Gómez y José Martí en Cajobabo

Playa de Cajobabo 
Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) - Amanecer nublado de viernes. En medio de una suave brisa, el astro Rey se anuncia en el horizonte caribeño con sus primeros rayos de luz. Es día de marejadas en la Playita de Cajobabo , sitio ubicado a unos 100 kilómetros deGuantánamo, donde decenas de personas conversan, hacen fotografías, selfies, y de vez en cuando dirigen sus miradas hacia el inmenso mar, como quienes esperan un acontecimiento muy importante.

Poco a poco se congregan allí los pobladores del lugar, los miembros de la Sociedad Cultural José Martí, historiadores de todo el país, combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Ministerio del Interior, Tropas Guardafronteras, pioneros, estudiantes, jóvenes, mujeres, y trabajadores que acuden a ese sitio sagrado de la Patria, tras las huellas del Héroe Nacional a su paso por tierras del Alto Oriente cubano.

De pronto, la atención se concentra en un pequeño bote que navega en dirección a la orilla, cargado de ocho jóvenes, quienes portan la enseña nacional y las banderas del Movimiento 26 de julio y la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) .

Plenos de energía y entusiasmo, reeditan lo ocurrido allí el 11 de abril de 1895, fecha del desembarco del Apóstol y el Generalísimo Máximo Gómez, junto a los brigadieres Francisco Borrero y Ángel Guerra, el coronel Marcos del Rosario y el capitán César Salas, para incorporarse a la Guerra Necesaria
.

dimanche 2 mars 2014

Biografía de José Martí

Carlos Cabezas - Martinoticias.com

José Julián Martí Pérez, Apóstol de la Independencia de Cuba, nació en la Calle de Paula el 28 de enero de 1853, en La Habana. Hijo de Mariano Martí Navarro, de Valencia y de Leonor Pérez Cabrera, de Islas Canarias. Aprendió el amor a Cuba en especial con su maestro, el poeta Rafael María Mendive, cuando en 1865 se convirtió en su alumno en la Escuela Superior Municipal de Varones, de la cual Mendive era director.

Simpatizó con la Guerra de 1868, al año fue llevado a la cárcel acusado de infidencia y en 1870 lo condenaron a 6 años de trabajos forzados en las canteras de San Lázaro por sus ideas independentistas.

Entre enero de 1871 a octubre de 1874, José Martí, obtiene entre Madrid y Zaragoza los títulos académicos de Bachiller, Licenciado en Derecho y Licenciado en Filosofía y Letras. En 1875 viajó a México, y se casó con la camagüeyana, Carmen Zayas Bazán, con quien en 1878 tuvo a su único hijo, José Francisco Martí y Zayas-Bazán. Por la crisis del matrimonio Carmen regresó de Nueva York a Cuba en varias ocasiones con el niño.

Desde México comienza su peregrinar por tierras de Sudamérica: Guatemala, Venezuela, Honduras y El Salvador. En Guatemala alcanzó gran notoriedad como profesor y orador.

En 1878 hubo una amnistía general y regresó a Cuba. No podía identificarse con su nombre y apellido porque quedaría expuesto ante las autoridades coloniales, al mismo tiempo su naturaleza no le permitía mentir y utilizó su segundo nombre y apellido haciéndose llamar Julián Pérez. No dejó de conspirar, fue descubierto y vuelto a expulsar a España.

En 1881 se trasladó nuevamente a Nueva York. Carmen y el niño se reunieron ese año con él, ocasionándose el rompimiento definitivo que tuvo lugar al regresar Carmen inesperadamente a La Habana. Se dedicó a preparar la guerra para la independencia de Cuba y creó el Partido Revolucionario Cubano con ese fin. Buscó el compromiso de los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, entre otros.

Organizó un plan abortado por los norteamericanos en el Puerto de la Fernandina, que consistía en invadir a Cuba mediante tres expediciones simultáneas en los barcos Amadís, Lagonda y Baracoa con armas para 400 hombres. El Lagonda tenía como misión dirigirse a Costa Rica para recoger a los generales Antonio Maceo y Flor Crombet, junto a un grupo de expedicionarios. Por su parte, el Baracoa zarparía con José Martí y los generales José Mayía Rodríguez y Enrique Collazo a bordo, para dirigirse al sur de República Dominicana, donde recogerían al general Máximo Gómez. Finalmente, el Amadís aguardaría en un cayo cercano a la Florida por los hombres de Carlos Roloff y Serafín Sánchez, quienes tenían como misión desembarcar por Las Villas.

Ante el fracaso buscó alternativas y dio la orden de alzamiento.

Martí se trasladó a República Dominicana donde junto a Máximo Gómez escribió el Manifiesto de Montecristi y partió con él para la isla. Desembarcó en Playitas, al sur de Oriente, y junto a Gómez se encontró con Maceo en La Mejorana y lo nombraron mayor general en medio de una reunión altisonante, pero al día siguiente fue al campamento de Maceo y éste lo recibió junto con su tropa, a la que le pasó revista.

Muere en batalla el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos, sin que los mambises pudieran rescatar su cuerpo. Su compañero Angel Guardia o de la Guardia logró escapar. Fue un día lluvioso y no pudo ver cumplido su deseo de "morir de cara al sol".

La muerte indócil de José Martí: una aclaración obligada

Café Fuerte
Foto del cadáver de Martí, presuntamente tomada el 9 de junio de 1895,
cuando fue exhumado por las autoridades españolas para fines de identificación.

Por Miguel Fernández Díaz*

No hay “nuevas revelaciones” sobre hechos históricos si la fuente de partida no es correcta. Un reciente artículo del doctor José Antonio Soto, publicado por El Nuevo Herald, me ha motivado a retomar el tema de la muerte de José Martí con el ánimo de esclarecer ciertas aseveraciones que me parecen sin el necesario respaldo de hechos y documentos.

El análisis médico-histórico del doctor Soto sobre el fallecimiento de Martí parte de “los originales de la autopsia, accesibles por Internet”, que se guardan “tras las celosías del Archivo Nacional de Cuba”.Aparte de que no hubo autopsia, sino apenas reconocimiento forense del cadáver el 23 de mayo de 1895, el acta original, fechada el 27 de mayo por el médico militar español Pablo Valencia Forns, se atesora en el Archivo Central del Instituto de Historia Cultural y Militar de España.

Allí la consultó el historiador Rolando Rodríguez García para incluirla en su libro Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente (La Habana: Ciencias Sociales, 2001), el único registrado bajo el epígrafe “Muerte y entierro de Martí” en la Biblioteca del Congreso de EE. UU. (Clasificación F1783 M38R5772001).

Los disparos

Al confrontarla con la versión más difundida, desde el 1 de junio de 1895 por el diario La Discusión, Rodríguez García advirtió que Valencia Forns ubicó la herida de bala en el tercio inferior del muslo derecho hacia su parte prostera (del griego prosthe, delantera o externa) y no interna, como aparentemente leyó en “los originales” el doctor Soto, quien por ello refiere “la entrada del proyectil por el lado interno del muslo derecho” para determinar “una trayectoria balística”.

El artículo también afirma que el “segundo disparo, posiblemente de otro tirador, penetra el muslo derecho que queda expuesto y levantado por las fuerzas de tracción y gravedad”. Sin embargo, en ocasión del centenario de la tragedia, el doctor Antonio Cobo Abreu publicó sus Consideraciones médico-legales sobre la muerte de Martí (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1895), entre ellas que Martí recibió el primer disparo en el tórax, el segundo en el cuello -con la cabeza híper extendida por efecto del impacto anterior- y el tercero mientras caía, al cruzar la pierna derecha por encima del caballo.

No hay “nuevas revelaciones” sin demostrarse antes la invalidez de hipótesis previas, sobre todo si Cobo Abreu precisó las trayectorias de los proyectiles tras detectar que Valencia Forns había incurrido en “el error del espejo”, esto es: referir la posición anatómica del cadáver desde el lado del observador.

Valencia Forns indicó, por ejemplo, que el balazo en el pecho salió por “el cuarto espacio intercostal derecho”. Y este apareció intacto en 1907, al contrario de la escápula izquierda. Sin advertir un error tan significativo, el Dr. Soto considera el texto de Valencia Forns como “detallado sobre las trayectorias balísticas.”

Análisis médico-histórico

En junio de 1968, el mensuario Patria, que todavía era la publicación oficial de la Asociación de Antiguos Alumnos del Seminario Martiano, reportó cómo el catedrático de Medicina Legal Francisco Lancís Sánchez había demostrado en la Fragua Martiana, con perfiles a tamaño natural del jinete y su potro, que Martí recibió el balazo mortal en el pecho, mientras cabalgaba.

A su vez el historiador Pedro Carrillo había sentado que el práctico cubano Antonio Oliva se atribuyó la muerte de Martí, pero jamás haberlo rematado en el suelo, como dijo el cabo español Juan Trujillo (La Discusión, mayo 23 de 1899) y repitieron desde Ezequiel Martínez Estrada hasta Guillermo Cabrera Infante.

Lancís Sánchez y Carrillo zanjaron así la polémica que el cirujano dentista Jorge Castroverde había desatado en el X Congreso Nacional de Historia, en 1952, al conjeturar la imposibilidad de que Martí hubiera sido baleado en el pecho encima del caballo. El Congreso acordó que una comisión técnica estudiara el caso y diera conclusiones definitivas, pero no hubo resultado condigno hasta este análisis médico-histórico de la muerte de Martí en 1968, que no da margen para “nuevas revelaciones”.

Imprecisiones y desmentidos

Hay varias imprecisiones en la narrativa del artículo de El Nuevo Herald. Según el doctor Soto, “Martí fue emboscado [y] cabalgaba al frente de la tropa (…) seguido de cerca por otros”. Entre otras muchas fuentes, los jefes de ambos bandos en la escaramuza de Dos Ríos desmienten tales circunstancias.

El jefe español, José Ximénez de Sandoval, aclaró en carta a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fechada en Valencia el 4 de julio de 1908, que “Martí no cayó en una emboscada” (Alrededor de la acción de Dos Ríos, La Habana: Seoane, Fernández y Cía, 1942). Y el jefe mambí, Máximo Gómez, apuntó en su diario: “Cuando Martí cayó, me había abandonado y se encontraba solo, con un niño que jamás se había batido: Miguel (sic) de la Guardia”.

Gómez anotó mal el nombre, pero está bien confirmado por testigos de ambos bandos que Martí, desorientado en medio del combate, era seguido tan sólo por el subteniente Ángel de la Guardia. Esta imagen de soledad y desamparo quedó plasmada en el óleo La muerte del Apóstol (1918), que Esteban Valderrama exhibió en el Salón Nacional de Arte de La Habana, en febrero de 1918, y acabó destrozándolo en reacción emotiva frente a la crítica punzante.

Y aunque desde siempre cada cual presenta al Martí que le conviene, su muerte ha sido tan bien estudiada que se torna indócil frente a “nuevas revelaciones”. Lo que puede hacerse es contrarrestar la implosión del conocimiento que sobreviene por acomodo tanto de errores interpretativos como de gambitos ideológicos dentro de las construcciones historiográficas.

*Ex profesor de Derecho de la Universidad de La Habana y autor de La muerte indócil de José Martí (2005).

Artículo de referencia: “Nuevas revelaciones sobre la muerte de José Martí“

vendredi 7 février 2014

José Martí por Juan Gualberto Gómez

Era Martí un hombre notable y de condiciones excepcionales y poco comunes, tenía alientos para concluir como loco o como héroe y terminó mejor que como él había soñado: como héroe y soldado, cayendo en medio del combate, en el fragor de la pelea y con el ruido que sirve de salva a los héroes y a los buenos.

Su apoteosis la harán los cubanos más tarde, conservando su efigie y su memoria entre sus grandes hombres. Cuando todos desmayaban, Martí levantó de nuevo el pabellón; de un grupo de cubanos dispersos en la emigración creó un pueblo entusiasta, y dio vida a la nueva Revolución que debiera llevar a la práctica el general Máximo Gómez.

Era Martí pequeño de cuerpo, delgado; tenía en su ser encarnado el movimiento; era vario y grande su talento; veía pronto y alcanzaba mucho su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente y tenaz, que había viajado mucho, conocía el mundo y los hombres; siendo excesivamente irascible, y absolutista, dominaba siempre su carácter, convirtiéndose en un hombre amable, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás, apoyo del débil, maestro del ignorante, protector y padre generoso de los que sufrían; aristócrata por sus gustos, hábitos y costumbres, llevó su democracia hasta el límite; dominaba su carácter de tal modo que sus sentimientos y sus hechos estaban muchas veces en contraposición; apóstol de la redención de la Patria logró su objeto.

El día 15 de noviembre (1894) se embarcaba Collazo rumbo a New York para que, viendo a Gómez y a Martí pintara a ambos la verdadera situación y adelantaran el momento de la revolución, que creían imposible retardar sin ser presos, a la vez que demostrarles la necesidad de remitir dinero a Cuba, donde podrían conseguir el armamento y municiones con mayor seguridad y prontitud, aunque a más costo.

En Santiago de Cuba la espera era difícil, a pesar de la calma y aparente actitud de Moncada, que con astucia e inteligencia sobrellevaba con éxito la situación de Manzanillo. El apresuramiento de algunos a vender sus ganados había llamado la atención. Camagüey decía claramente que era reacio a la Revolución; el Gobierno realmente fiaba en él, creyéndolo la lleve del movimiento; la única entidad revolucionaria allí era el Marqués de Santa Lucía; Las Villas aparentemente en calma, pero resuelta; sostenido el espíritu allí por la presencia de Serafín Sánchez, Roloff y Carrillo. En Matanzas algunos alardes belicosos, aunque poca fuerza y entusiasmo reales. Vuelta Abajo en espera, y dispuesta para cooperar al movimiento.

Este era el estado real de la Revolución a la salida de Collazo para los Estados Unidos. Este pasó por Key West y Tampa, encontrando a Martí en Filadelfia, donde había ido a esperar al comisionado de Cuba.

El estado de la Revolución en el exterior revestía un carácter original y especial: nadie sabía nada, eran muy pocos los que creían en ella; pero la masa obrera daba, sin preguntar, su óbolo con absoluta confianza y con fanatismo ciego por su ídolo Martí.

Collazo no conocía a Martí; su entrevista en la estación de Filadelfia fue cordial, y un abrazo leal de ambos fue la línea de conducta para lo porvenir. Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa; dormía en el hotel más cercano del punto donde lo cogía el sueño; comía donde fuera mejor y más barato; ordenaba una comida como nadie; comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani; conocía a los Estados Unidos y a los americanos como ningún cubano, quería agradar a todos y aparecía con todos compasivo y benévolo; tenía la manía de hacer conversiones, así es que no le faltaban sus desengaños.

Era un hombre de gran corazón que necesitaba un rincón donde querer y ser querido. Tratándole se le cobraba cariño, a pesar de ser extraordinariamente absorbente.

Era la única persona que representaba la Revolución naciente; los demás eran instrumentos que él movía: Benjamín Guerra era la caja; Gonzalo de Quesada era parte de su cerebro y de su corazón; pero en realidad era su discípulo. Martí lo era todo, y ese fue su error, pues por más que se multiplicaba era imposible que lo hiciera todo él solo. Dormía poco, comía menos y se movía mucho; y sin embargo, el tiempo le era corto. Se puede concretar diciendo que el Partido Revolucionario Cubano era Martí.

Collazo, según sus instrucciones, debía seguir a Santo Domingo para ponerse al habla con el general Gómez; pero se esperaba en esos días un mensajero que enviaba el General desde Santo Domingo. A su tiempo llegó éste con poderes amplios del general Gómez. Era el brigadier José María Rodríguez. Con él vino la seguridad de que, a pesar de la llegada de Alejandro Rodríguez, comisionado de Camagüey, el General estaba dispuesto a la Revolución, y que José María Rodríguez estaba autorizado a determinar y representarlo en todo.

A la salida de Collazo de Cuba, se convino que por conducto de Juan Gualberto Gómez, con quien estaba en relación directa Martí, se comunicarían José María Aguirre y Julio Sanguily, a quien últimamente se le había indicado el estado de la Revolución, y a quien el general Gómez había mandado el nombramiento de Jefe de Occidente, debiendo ponerse al frente del movimiento en Matanzas. A la llegada de Rodríguez y Collazo a Nueva York, nada pudieron averiguar del estado real de la conspiración, pues se concretaron a oír lo que Martí les quiso decir, que fue bien poco o nada. Respecto del dinero, menos aún, pues la caja revolucionaria era un pozo donde caía el dinero, sin que, fuera de Benjamín Guerra, nadie haya sabido el montante de lo ingresado ni de lo que se gastaba.

En los meses de diciembre y enero se movió Martí con rapidez inusitada. De noche no dormía, sino viajaba. De Cuba las correspondencias, cada día más exigentes, apremiaban el movimiento y pedíanse recursos; especialmente las cartas de Julio Sanguily, que parecían escritas por un loco y cuyas correspondencias no podían armonizarse con las noticias de Aguirre y Juan Gualberto Gómez, sensatas y claras.

Aislados y casi siempre escondidos, Rodríguez y Collazo permanecían en Nueva York, sin saber una palabra de lo que ocurría fuera, pues Martí, aunque cada día se movía más, cada día se mostraba menos comunicativo. Dispuestos como si fuéramos a salir de un momento a otro, acudíamos sin resultado, a frecuentes citas que se nos daban, siempre esperando el día de la partida, que no acababa de llegar.

Conociendo como conocíamos el estado real de las cosas en cuba, no queríamos precipitar una explicación con Martí que nervioso y sin un día ni una noche de reposo, veíasele constantemente taciturno y preocupado. Parecíanos increíble que los sucesos no se hubieran precipitado en Cuba. Hasta entonces no se nos había sorprendido una sola correspondencia, ni una sola indiscreción de nuestros hombres había puesto sobre la pista a la numerosa policía que tanto en la Isla como en el extranjero sostenían el Gobierno español.

No teníamos con quién enterarnos de la marcha de la conspiración. Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada nada sabían en realidad; aunque aparentaban que no querían hablar. El resto de la emigración esperaba y confiaba en Martí. Mayía Rodríguez y Collazo, si de algo pecaron, fue de sufridos y prudentes. Sabían lo que buenamente se quería que supieran; nada preguntaban y dejaban pasar el tiempo resignados al aislamiento a que los tenía sometidos Martí, que a veces parecía un loco, víctima de un delirio de persecución que lo hacía ver espías y detectives por todas partes.

Aún no se sentía escasez de dinero. La Revolución tenía cuatro núcleos importantes en el exterior: uno en Nueva York, dirigido personalmente por Martí, otro en Key West, con Roloff y Serafín Sánchez, otro en Costa Rica con Maceo y Flor Crombet, y el último en Santo Domingo con el general Gómez. Cada uno de estos centros se comunicaba directamente con Martí.

A fines del mes de diciembre salieron Rodríguez y Collazo de Nueva York con dirección a Jacksonville, recibiendo orden de permanecer ocultos, hospedándose con nombre supuesto en el hotel Duval hasta la llegada de Martí, que debía ser en la mañan del domigo próximo. Allí permanecieron seis días, y en el fijado se presentó Martí, quien les dijo que tenía muy malas noticias que comunicarles.

En efecto, a las once de la mañana llegó al hotel Charles Hernández, enviado por Martí para decirles que todo había frecasado, y que tanto él como los que los rodeaban estaban expuestos a todo géneros de peligros, que más que nunca se hacía necesaria una gran prudencia y que permanecieran en su habitación hasta la noche en que se verían en el hotel "Travellers", en que se hospedaba Martí, donde también se hallaban Hernández, Enrique Loynaz y Tomás Collazo.

Ante la noticia de aquel fracaso de algo que, excepto Martí, todos ignoraban, Mayía Rodríguez y Collazo lamentaron amargamente su anterior prudencia, que, de un modo indirecto, los hacía en parte responsables de lo ocurrido. Nada habían preguntado hasta entonces, pero comprendían que había llegado el momento de las explicaciones. En su consecuencia, se dirigieron, acompañados de Hernández, al hotel Travelliers. Allí encontraron a Martí presa de una extraordinaria excitación nerviosa. Revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación. Su escaso pelo estaba erizado, sus ojos hundidos, parecían próximos a llorar.

De sus labios no salían más que estas palabras repetidas con tenaz insistencia: "¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no tengo la culpa!"

A la vista de Mayía, que entraba en la habitación con el rostro alterado y duro, Martí corrió hacia él y se echó en sus brazos. Aquel dolor tan profundamente retratado en su fisonomía desarmó a los que, momentos antes, querían exigirle explicaciones claras y concretas de su conducta. Todos comprendieron que algo muy grave había ocurrido, y que aquel fracaso, de que se había hablado hacía un instante, era desgraciadamente cierto.

Sin pretender averiguar nada, Mayía y Collazo se limitaron a tranquilizar a Martí asegurándole su más completa adhesión. No había que perder la esperanza. Por rudo que fuera el golpe sufrido, era preciso seguir adelante y sin desmayar ni decaer un momento. Algo más tranquilo Martí con aquellas muestras de simpatía y respeto que de todos los presentes recibía, declaró que aun cuando todo se había perdido, aún cuando no había un real para continuar los trabajos revolucionarios, no era posible abandonar la empresa acometida con tanta decisión y entusiasmo.

Horacio Rubens, el buen amigo de los cubanos, y Gonzalo de Quesada, que llegaron en aquellos momentos, contribuyeron con su presencia a reanimar los abatidos espíritus. Quesada, en nombre de su señora madre política, ofreció dar todas las fianzas que se necesitasen. Rubens puso a disposición de Martí sus servicios como abogado.

Preocupaba también a Martí lo que el general Gómez pudiera pensar de lo ocurrido, y demostraba con frases llenas de sentimiento el temor que sentía de que el General se negara a ir a Cuba, en circunstancias tan desfavorables. Tanto Rodríguez como Collazo aseguraron a Martí que Gómez, a quien conocían muy bien, iría a Cuba cualesquiera que fuesen las condiciones en que lo hiciera. Era preciso pensar en buscar pronto remedio al daño sufrido, en vez de abatirse y desconfiar tan pronto del éxito de la empresa.

Todos los presentes hicieron a Martí ardientes protestas de su lealtad y adhesión incondicional.

No había transcurrido una hora desde la llegada de Rubens y Quesada, y en estado de los ánimos había cambiado por completo. Al abatimiento producido por el golpe del fracaso tremendo e inesperado, había sucedido la fe que conforta y la resolución enérgica de seguir luchando hasta conseguir el éxito.

No había dinero, pero Quesada confiaba obtenerlo de las emigraciones de Sur América. Martí tenía seguridad de conseguirlo en México. Pero para ellos se necesitaban tres o cuatro meses, y los hombres de Cuba no querían o no podían esperar más tiempo, y por otra parte, era imposible explicarles la verdadera situación del Partido Revolucionario Cubano, porque ello traería como consecuencia inevitable, la ruina total del proyecto.

Por lo pronto lo más preciso era burlar a la policía que olfateaba el rastro de los conspiradores; y más tarde sacar a Manuel Mantilla y a Patricio Corona que estaban a bordo del Lagonda cuando fue sorprendido el barco, y a quienes Charles Hernández había escondido preventivamente en casa de una americano amigo suyo.

Entretanto la policía practicaba registros en algunas casas cubanas, mas por fortuna nadie conocía en Jacksonville ni a Martí, ni a sus compañeros, que por otra parte figuraban con nombres supuestos en los libros de los hoteles.

(Fragmentos del libro Cuba independiente. La Hababa, 1900).

mardi 28 janvier 2014

José Martí, la libertad, los medios y los fines

"Manuel García en carta triste y sumisa, espera órdenes". (J. Martí, Obras Completas, La Habana, 1975, p. 389).
José Martí.

 Publican nuevo libro sobre José Martí Académico de origen cubano publica un nuevo libro sobre la historia de las imágenes visuales del Apóstol de Cuba, José Martí

Armando de Armas, enero 27, 2014

Cada 28 de enero, fecha fausta en el orden de los natalicios isleños, sería saludable tener presente que a José Martí se le ha manipulado hasta la saciedad, y a veces hasta la ridiculez, como se apreciaría en los denodados esfuerzos de algunos bien intencionados activistas para que el poeta pase a integrar las huestes del pacifismo.

Ningún problema con la estrategia pacifista, es inclusive una estrategia que ha dado resultados en otras latitudes. El problema estaría en que se le quiera endilgar la dicha estrategia a un hombre que, como sabrá todo el que asistió a la escuela primaria en Cuba en tiempos de la República o en tiempos de Fidel Castro, murió en combate, no se sabe si de cara al sol como él pedía, pero sí empuñando un revólver sobre un caballo blanco y frente a una descarga cerrada de la fusilería española.

Un hombre que, como sabrá todo el que ha profundizado algo en la historia de la isla, murió con los grados de Mayor General del Ejército Libertador. Pero más significativo que todo lo anterior, final espectacular al fin y al cabo, atribuido por unos al suicidio y por otros a la equivocación, es que Martí, escritor aparte, fue el certero conspirador y el eficaz organizador de una guerra, la más sangrienta y devastadora de la historia isleña, y la que finalmente llevaría a los cubanos a la independencia y por tanto, y en definitiva, se debería reconocer a estas alturas, un excelente estratega militar, que si bien no dirigió el entramado en el teatro de las operaciones, sí supo aunar las voluntades, crear el concepto y trazar las pautas para la eficaz manifestación de ese entramado.

Y es que Martí, ese (ya se sabe) gran desconocido entre los cubanos, se nos hace más desconocido aún a la luz, o las tinieblas, de esa especie de dictadura vegetariana y centrista, no por vegetariana y centrista menos dictadura, que procura prevalecer hoy en Occidente.

Un Martí sometido a un doble escamoteo, por un lado, un escamoteo de la misma índole del que padece la modernidad y que correspondería al socialismo de la hipnopedia inducida (ese del libro "Un mundo feliz", de Aldous Huxley), y, por otro lado, el escamoteo, duro y directo, impuesto en Cuba durante el último medio siglo y que correspondería al socialismo científico de Carlos Marx; aunque, a fuer de sinceros, debería reconocerse que el escamoteo de la figura de Martí se inicia ya con su propia muerte y el posterior apostolado; ese que permitía declararse martiano, ¡sin ruborizarse siquiera!, lo mismo a un doméstico hijo de vecino, al asaltante de un banco que al asaltante del cuartel Moncada.

La verdad parece ser que Martí viola la mayoría de los lugares comunes de la moral, las costumbres, la religión y las leyes, sobre todo de las leyes, de su época; vamos, que no era lo que hoy llamarían una persona decente, precisamente por no encajar en los tópicos de las manidas normativas de la masa diligente (que puede y ciertamente es instruida y ni siquiera se cree masa, sino élite); y ello es particularmente apreciable en sus enrevesadas relaciones amorosas (no suficientemente estudiadas), en su iniciación masónica y afinidad con el espiritualismo orientalista (tampoco suficientemente estudiadas) y en la desobediencia de la legislación española, y aun de la norteamericana (ver sucesos de la Fernandina relacionados con la incautación de las armas y pertrechos de los vapores Lagonda, Baracoa y Amadís, en enero de 1895).

Y es que el radicalismo de la libertad en José Martí se pone de manifiesto ostentosamente en todos y cada uno de los aspectos de su vida y obra. Mal momento el presente para la palabra radical, se olvida que viene de raíz, de ir a la raíz de los fenómenos de la realidad, y se le pone el mote de radical al primer fanático que se reviente por los aires matando civiles inocentes en nombre de la verdad revelada. Mal momento para la palabra libertad, apenas ni se le nombra y va camino de convertirse en uno de esos vocablos arcaicos y en desuso. Mal momento para Martí, para la libre expresión del pensamiento; para el pensamiento.

Martí más que el libertador de su patria, fue el libertador del idioma español de su tiempo; un escritor tan radical que fue capaz de rescatar un idioma que, como los restos del imperio que lo globalizó, agonizaba bajo las normativas de un romanticismo tardío que se expresaba entre espasmos, suspiros y exotismos arábigos; capaz no sólo de rescatarlo sino de conducirlo hacia el inicio de una renovación que acertadamente después se nombró Modernismo y que sería el primer, y probablemente el único, movimiento literario, y de cualquier índole, que nacido en el Nuevo Mundo incidiera sobre Europa.

Revólver original Colt Frontier, Six Shooter, calibre 44 de seis balas,
que fuera un regalo hecho a Martí; por su amigo mexicano Manuel Mercado.
 Aunque el poeta siempre portaba esta arma, no era la que sostenía en su mano al morir.Si alguien dudara de la vitalidad y la fuerza que imprimió Martí al idioma español nada más tendría que leer su "Diario de campaña: De Cabo Haitiano a Dos Ríos"; por cierto que nunca como en este caso van tan firmemente de la mano el radicalismo de la prosa, el radicalismo del pensamiento y el radicalismo de la acción en pos de la libertad.

No sería prudente extenderse en citas de Martí acerca de la libertad, muchas de las cuales han recitado los niños cubanos de todos los tiempos en un ejercicio meramente escolástico, pero bastaría saber que si algo define el pensamiento martiano es la defensa radical de la libertad como llamado y realización del hombre; el vislumbre del hombre como esencialmente mutilado cuando de la libertad carece, cuando de la práctica de la libertad es privado.

En cambio, sí resultaría prudente citar a ese precursor de José Martí en el radicalismo libertario que sería don Miguel de Cervantes y Saavedra quien, en el Capítulo 58 de su obra Don Quijote de la Mancha, dice en boca del loco sublime: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida..."

Porque Martí hace suya la frase cervantina, la cumplimenta en su accionar y la sobrepasa, pues no sólo aventura la vida, que ya es mucho, sino que la entrega, la clava en la conciencia de la futura República aquel 19 de mayo de 1895; pero este hombre ulcerado y seductor va mucho más lejos todavía, y pone de manifiesto de manera indeleble en lo que vino a ser el súmmum de su obra política (la Guerra de Independencia) que por la libertad no sólo se puede y debe aventurar la vida, sino que por la libertad se puede y debe matar.

Pero Martí no sólo transgrede la ley en los grandes temas de la vida y de la muerte, los de la gloria en suma, sino que como endurecido conspirador que era lo habría hecho también, y sobre todo, en los pequeños temas; esos que resultan más escabrosos a la historiografía y la hagiografía al uso, a uno y otro bando del espectro ideológico nacional.

Y en ese contexto es que se sitúa una de las más ardientes polémicas que estremeciera a la joven República en fecha tan temprana como 1906; polémica en torno a si Martí aceptó o no los dineros del bandolero Manuel García, Rey de los campos de Cuba, específicamente los que provendrían del secuestro de Antonio Fernández de Castro, hermano del destacado autonomista Rafael Fernández de Castro; cosa negada enfáticamente, entre otros, por Fermín Valdés Domínguez, amigo íntimo de Martí; pero afirmada por el Doctor Martín Marrero, jefe del movimiento independentista en Jagüey Grande, que en su Diario de Operaciones del Coronel de Caballería Martín Marrero (Fondo Emeterio Santovenia, Leg. 35, # 71) asegura haber ido a Cayo Hueso, EE.UU, en 1893 y recibido instrucciones verbales de Martí sobre el bandolerismo, quien le habría dicho que
 "En cuanto a los bandoleros, es necesario tener presente que, al estallar la guerra, todos aquellos que estén fuera de la ley no puedan permanecer neutrales y por lo tanto, tienen que caer al lado o del lado de nosotros. Estando ellos de nuestro lado, esto resultaría beneficioso para todos (...) De otro modo, ellos al lado de los enemigos, resultarían todo lo contrario, pues toda maldad, sería estimulada y aumentada, empleada en prejuicio nuestro..."

Manuel García, bandolero y patriota.
Más allá de la veracidad o no del testimonio brindado por Marrero, lo que sí parece fuera de toda duda es la participación en los afanes independentistas de bandoleros como Manuel García y José Álvarez Arteaga, alias Matagás, ambos muertos en combate con el grado de oficiales del Ejército Libertador; y en cuanto a la participación del primero, al menos, no hay duda de que fue aceptada por José Martí quien, en misiva al generalísimo Máximo Gómez, de agosto de 1893, y en referencia a los preparativos revolucionarios en el interior de la isla, asegura que "Manuel García en carta triste y sumisa, espera órdenes". (J. Martí, Obras Completas, La Habana, 1975, p. 389).

Más allá del anecdotario histórico, lo que sí podría establecerse acá es que la figura de José Martí evidencia, más que ninguna otra en el contexto nacional cubano, lo falible del apotegma repetido hasta el cansancio acerca de que el fin nunca justifica los medios; y vendría a mostrar, a los que tengan ojos para ver, que la realidad resulta siempre mucho más rica y compleja que cualquier acertijo de lo políticamente correcto, del bien pensar y el mejor actuar, y que su radical ideario de libertad pasó, a la hora de las decisiones y las acciones, por el justo balance ético indispensable a los hombres que sobre los hombros se han echado, o les han echado, la ardua faena de fundar naciones.

El pensamiento martiano, asignatura pendiente

El retroceso sufrido por la sociedad cubana la sitúa en condiciones muy similares a las de la época en que Martí vivió.

DIMAS CASTELLANOS DDC

Las efemérides, además de recuerdos, constituyen una fuente viva de experiencias. Si las mismas están referidas a figuras cuyas ideas fundacionales no se han concretado, entonces asumen un significado mayor. Ese es el caso de José Martí y Pérez al arribar al 161 aniversario de su natalicio.
El pensamiento martiano no tiene valor para todas las épocas, pero el retroceso sufrido por la sociedad cubana la sitúa en condiciones muy similares a las de la época en que Martí vivió. Su programa, fruto del análisis de un momento de la historia, no tuvo como propósito servir de guía al presente. Las respuestas a los problemas de hoy hay que deducirlas de la actual situación, por tanto, no están y no pueden estar en la obra martiana. Sin embargo, debido al estancamiento social sufrido, el núcleo esencial de sus ideas conforma una asignatura pendiente; una peculiaridad que le otorga vigencia a su pensamiento.
Autor de una obra universal y prolífica, José Martí fue y sigue siendo usado para justificar desde la más noble hasta la peor de las causas, incluyendo la autoría de acciones posteriores a su desaparición física, los intentos de emparentarlo con ideologías ajenas a él como es el caso de la doctrina comunista y de cercenar su pensamiento para solapar deficiencias y ocultar la falta de voluntad política para asumir su conducta.
Entre las cualidades que distinguen a Martí como político, crítico, historiador, literato, periodista, predicador y maestro, sobresale la ética, expresada en su dimensión humana y universal, en su correspondencia entre pensamiento y acción y en su conducta privada y pública; una de las asignaturas pendientes de antes y de ahora.
Su amor al prójimo abarcó toda su obra práctica e intelectual. Lo prueba el hecho de que, a pesar del inhumano trato recibido en el presidio político, nunca odio a España ni a los españoles, como tampoco, a pesar de su fuerte oposición a la idea de una Roma americana, odió a Estados Unidos; una conducta diametralmente opuesta a los que infunden odio y culpan al otro de males que emanan de su propio egoísmo, irresponsabilidad y limitaciones. Esa conducta de amor al prójimo es asignatura pendiente.
Martí también fue un enemigo declarado del empleo de la violencia. En mayo de 1883, en el artículo Karl Marx ha muerto, a la vez que reconoce los méritos del fundador del marxismo, Martí señala lo que considera sus limitaciones: "Kart Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto a la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de la mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa… Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz". Y en 1892 expresó: "Y no es el caso preguntarse si la guerra es apetecible o no, puesto que ninguna alma piadosa la puede apetecer, sino ordenarla de modo que con ella venga la paz republicana, y después de ella no sean justificables ni necesarios los trastornos a que han tenido que acudir".
Esa tendencia a la violencia, viejo mal de nuestra historia, es asignatura pendiente.
Las interrogantes contenidas en su estudio crítico de 1880 acerca de los errores de la Guerra de los Diez Años, referidas según sus palabras "a una guerra que no la había ganado España, sino que la perdieron los cubanos", tenía como objetivo descubrir las claves del fracaso. Precisamente de ese análisis emergieron los cimientos de la teoría de la revolución. En su discurso Con todos y para el bien de todos, pronunciado en 1891, Martí explicó que la república —que en su ideario era forma y estación de destino— se diferenciaba de la guerra y del partido, concebidos como eslabones mediadores para arribar a ella. Así, la república, que tuvo su primera manifestación en Guáimaro, asumió su más alta definición como "alma democrática de la nación". Y en el Manifiesto de Montecristi, repitió: La guerra no es "el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro". Si no, como expresó en el acto de fundación del Partido Revolucionario Cubano, ello se hace "de modo que en la conquista de la independencia de hoy vayan los gérmenes de la independencia definitiva de mañana". Es decir, el partido en Martí —como unidad de todas las fuerzas— era necesidad táctica acotada en el tiempo, algo que es hoy asignatura pendiente.
En las Resoluciones de noviembre de 1891, consideradas como el prólogo a las Bases del PRC, planteó: "la organización revolucionaria ha de tener en cuenta las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país y no ha de trabajar por el predominio, actual o venidero, de clase alguna; sino por la agrupación, conforme métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; y por la creación de una república justa y abierta…para el bien de todos". Otra asignatura pendiente.
Su desprecio a todo tipo de despotismo, lo llevó a rechazar su participación en el Plan Gómez-Maceo, cuando le escribió al generalísimo Máximo Gómez, "Un pueblo no se funda General, como se manda un campamento". Y en 1894, recordaba que "un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea… Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia"; una conducta que se repite una y otra vez en la actualidad y por tanto es asignatura pendiente.
Para Martí, el concepto de patria, que José Antonio Saco había elevado hasta el de "patria-nación", era "comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, dulcísimo y consoladora de amores y esperanzas"; mientras el de república, era "estado de igualdad de derecho de todo el que haya nacido en Cuba; espacio de libertad para la expresión del pensamiento; de muchos pequeños propietarios; de justicia social, que implicaba el amor y el perdón mutuo de una y otra raza, edificada sin mano ajena ni tiranía, para que cada cubano sea hombre político enteramente libre". Definiciones que remata con un ideal devenido puro formalismo: "yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre".
José Martí, que además de historia es presente, nuevamente nos invita en el aniversario de su natalicio no a que lo calquemos, pues estamos en tiempos distintos de los suyos, pero si a que tengamos en cuenta las claves y esencias de un ideario que conserva su vigencia, razón por la cual tiene un lugar reservado en los cambios que reclama la sociedad cubana.  
Por todo ello y por mucho más, la mejor manera de honrarlo es asumir las asignaturas pendientes con una conducta consecuente. Su pensamiento, síntesis de amor, virtud y civismo debe y tiene que estar en las bases de la nueva sociedad, de la nación por concluir y de una república inspirada en la dignidad plena del hombre, todo lo cual es asignatura pendiente.